Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Reflexiones sobre Irán. 15 enero 2017

Irán cuenta con el dudoso honor de ser el primer país del mundo en el que la CIA organizó un golpe de estado contra un presidente elegido democráticamente. Hay que reconocer que hizo méritos para ello, no fue un galardón aleatorio. El presidente, Mossadegh, decidió en 1951 nacionalizar el petróleo y, como indica Kapuściński: “en aquellos años, atreverse a tomar una medida como la que había tomado Mossadegh era comparable a lanzar repentina e inesperadamente una bomba sobre Londres o Washington”. Dos años tardaron la CIA y el MI6 británico en orquestar un golpe de estado contra el bueno de Mossadegh. Después ya se sabe: entrada en prisión y, posteriormente, arresto domiciliario hasta su muerte. El pueblo persa, bastante orgulloso, no olvida con facilidad. Basta darse una vuelta por la antigua embajada estadounidense en Teherán para comprobar como sus paredes han sido pintadas con mensajes que advierten de las verdaderas intenciones del Imperio estadounidense.

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Uno de los murales en la antigua embajada de Estados Unidos en Teherán.

Al visitante le llaman poderosamente la atención los murales, las vallas publicitarias y los carteles en las farolas que empapelan Irán con caras masculinas: se trata de los combatientes que perdieron su vida en la guerra contra Iraq (entre 1980 y 1988). Una guerra en la que Sadam Hussein, que contaba con un ejército más potente, se quiso anexionar la provincia suroccidental de Irán, la más rica en petróleo. Irán suplió las diferencias armamentísticas con una llamada de voluntarios; en poco tiempo recibió a cientos de miles. Muchos sucumbieron en esa atroz guerra de desgaste en la que Hussein utilizó armas químicas. Más de treinta años después el recuerdo de estos mártires sigue presente en las calles de los barrios y los pueblos de Irán.

La religión oficial de la República Islámica de Irán es obviamente el islam, aunque se permiten otras religiones (cristianismo, judaísmo, bahaísmo y mazdeísmo). Una proporción importante del país no practica ninguna religión, especialmente en Teherán y las grandes ciudades. En el caso de las mujeres se hace más evidente porque especialmente las mujeres jóvenes se saltan el “Código de vestimenta” como rechazo a esa imposición. Así pues, estas mujeres llevan el pañuelo caído mostrando gran parte del cabello, casi como si se tratara de una bufanda alta; se pitan las uñas o se las colocan postizas, se maquillan, etc.

Debido a la religión, Irán es un estado único en el mundo, puesto que es el único cuya religión oficial es el islam en su rama chií. Los diferencia de los suníes (mayoritarios en el mundo musulmán, pero no en Irán) en algunos aspectos históricos y en que se rigen por dos principios más: el de justicia y el de liderazgo. Es decir, un chiíta no se convierte en un buen musulmán si no obra bien. Quizás esto esté relacionado con la famosa hospitalidad iraní: en nuestro caso se nos convidó a una cena en Shiraz por el mero hecho de preguntar dónde había una panadería, un farmaceútico de Yazd nos llevó a cambiar dinero a la otra punta de la ciudad donde el cambio era mejor… Cada visitante de Irán tendrá varios ejemplos diarios diferentes de esta hospitalidad; al menos de momento, porque la homogenización cultural occidental (o aculturización global) avanza velozmente en todo el mundo.

Además de las famosas torres de ventilación de Yazd, que permiten soportar el sofocante calor del desierto iraní rescatando hasta la más mínima brizna de viento, esta ciudad es famosa por ser una de las más antiguas del mundo, por sus acequias subterráneas (qanaats) y por tener dos Torres del Silencio, construcciones religiosas mazdeístas (seguidores de Zaratustra) a cielo abierto para depositar a los muertos. El mazdeísmo considera sagrados el aire, el fuego, el agua y el suelo, por lo tanto los cadáveres no pueden ser enterrados, cremados o lanzados a un río puesto que contaminarían alguno de los cuatro elementos. Así que una solución que sí preserva la pureza de los cuatro elementos es dejar los cuerpos en estos templos para que los buitres hagan su trabajo. Tras la conquista musulmana (siglo VII) esta religión, otrora mayoritaria en Irán, sufrió un rápido y constante retroceso en favor del islam; no obstante, algunos mazdeístas decidieron emigrar y se establecieron en India, donde todavía mantienen esta religión y son conocidos como parsis.

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Una de las torres del silencio de Yazd al atardecer.

Merece una mención el Imperio Persa, cuya religión oficial fue el mazdeísmo, y la majestuosidad de sus cuatro capitales; después de más de 2.500 años dan una impresión muy diferente a lo que tuvo que presenciar Alejandro Magno cuando saqueó e incendió Persépolis. Es probable que el mejor sitio para presenciar los restos de las capitales persas no sea el propio Irán, sino Londres o París. Aunque para los que preferimos el lugar original sobre los museos no hay comparación válida. Un ejercicio de humildad puede hacerse en estas capitales comprobando que las inscripciones se hacían en tres idiomas: persa antiguo, elamita y babilonio; curiosamente, en algunos lugares de Aragón esto sigue siendo tabú dos mil quinientos años después…

Un viaje a Irán no debería finalizarse sin visitar Isfahán y disfrutar de una tarde contemplando el discurrir diario en una de las plazas más grandes y bellas del mundo (la plaza Naqsh-i Jahan). Isfahán siempre ha vivido de cara al río Zayandeh cuyas aguas la han dotado de vida. La ciudad construyó en el siglo XVI tres puentes con numerosos arcos de hermosa factura. El agua ya no discurre por el cauce, pero la juventud aprovecha la buena acústica de los arcos para reunirse clandestinamente debajo de los puentes para cantar y tocar instrumentos. El rigor del clima semiárido del centro de Irán y, especialmente, la sobreexplotación hídrica consecuencia del crecimiento demográfico e industrial de la ciudad condenan a sus habitantes a ver su arteria principal completamente seca. ¿Será este el futuro de otros ríos del mundo que alimentan grandes ciudades en entornos semiáridos?

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Cauce seco del río Zayandeh a su paso por el puente Si-o-se de Isfahán.

 

Ascensión al Etna desde el Refugio Sapienza, cara sur. 11 abril 2016

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Es posible subir hasta la cima del Etna (3.330 msnm), según la normativa vigente es necesario ir acompañado con un guía. Explico como subimos nosotros porque no encontramos prácticamente información en castellano. Además, nuestra estancia estaba en Palermo.

Aterrizamos en el Aeropuerto Falcone y Borselino, el aeropuerto más próximo a Palermo y que rinde homenaje a los dos jueces palermitanos anti-mafia asesinados por la Cosa Nostra en el 92. Nuestra intención era estar por el oeste de la isla. Pero miramos la previsión meteorológica y aparecieron dos días hermosos como dos soles, así que se nos calentó el morro y acabamos cruzando la isla para llegar al Etna y subirlo el 1 de abril de 2016.

Desde Palermo a la base del Etna (lo que se conoce como refugio Sapienza) tardamos unas dos horas y veinte. Lo que más largo se hizo fue salir de Palermo y subir desde la autovía hasta la base (salimos en la salida de Paterno y cruzamos ese mismo pueblo y Belpasso y Nicolosi). Durante el trayecto aprovechamos para ver Catalniseta, capital de provincia y agradable ciudad interior. A la vuelta hicimos noche en Enna, la capital de provincia italiana emplazada a mayor altitud de todo el país (931 msnm) y muy animada.

Decidimos hacer noche en la zona del Refugio Sapienza (1930 msnm) por ello de ir aclimatando y llevar muchos días a nivel del mar. Ahí hay un inmenso parking, dos restaurantes, una oficina de turismo, el propio refugio y un hotel de 3 estrellas (Corsaro). Nos quedamos en el hotel por darnos un homenaje pero es posible hacer noche dentro del coche en el inmenso parking o en algún otro más pequeño que se encuentra subiendo (todos ellos con unas vistas espectaculares sobre la ladera sur del Etna y la llanura y el golfo de Catania). Una habitación doble con desayuno y una hora de spa nos costó 99€ para dos personas. Además, nos facilitaron todo tipo de información sobre la ascensión. Estuvimos muy bien.

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En el parking del Refugio Sapienza.

Por 23€ hay un teleférico (funivía en italiano) que te sube desde los 1930 msnm del Ref. Sapienza hasta casi los 2500 msnm. A esa altura se coge un autobús todoterreno que sube por un pedregal (cubierto de nieve en bastantes puntos) hasta los 2.900 msnm. Teleférico y “autobús” cuestan 63€. Hasta aquí te encuentras multitud de personas con zapatillas, zapatos y cualquier artilugio no recomendable para subir por nieve a más de 3000 metros. No obstante, no es problema porque la mayoría de personas suben hasta este punto y se dan una vuelta por el Cratere de la erupción de 2002-2003 (2.900 msnm) y quizás también alguno de los que hay contiguos a este. Por estos pueden ver como sale algo de vapor de agua y para gente con no mucha condición física pues está bien. Pero vamos, a mí me parece una estafa gastarme 63€ en dar una vuelta como si la diera por un centro comercial con cientos de personas a mi lado (por cierto, los días con más visitantes son lunes, martes y miércoles: cosas de los paquetes turísticos).

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Subiendo, poca gente pasa de los 3000 metros.

Es decir, hasta los 2920 msnm que empieza lo bueno está:

  • Funicular: 23 € (hasta 2500msnm).        
  • Bus o caminata: hasta 2920 msnm. Precio conjunto bus y funicular: 63€.
  • Caminata desde el refugio hasta los 2920 msnm. Yo no lo haría porque es bastante feo: el tramo del teleférico sube por debajo del mismo y luego subes al lado de los buses por la pista. Además, no puedes contratar al guía a los 2920 msnm.

El Etna en principio es necesario subirlo con un guía (así lo establece la normativa), ahora bien si tú te la juegas y quieres ir por tu cuenta pues allá cada cual. El servicio del funicular (subida y bajada), la subida en bus y el guía con subida hasta la cima y bajada hasta el funicular cuesta 76,5 € (la parte que se sube en bus se baja por otro lugar muy agradable, contratamos con Pietro: pietro.larosa@tiscali.it). El guía es recomendable porque se está andando sobre terrenos provenientes de las coladas de lava y de las deposiciones de cenizas y a veces el suelo se hunde, en las partes bajas el susto no es grave, pero cerca del cráter las grietas son considerables, en nuestro grupo una alemana se dio un buen susto. La lava del Etna es muy densa, por lo tanto su velocidad de caída es extremadamente lenta: eso no lo hace un volcán peligroso. No obstante, de las tres cimas que ahora mismo tiene el Etna, no subimos a una que expulsaba cenizas por precaución.

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Por encima de las nubes y la nieve.

Pocas personas suben hasta la cima del Etna, nuestro grupo lo componíamos seis personas incluído Pietro. Únicamente dos grupos más subieron ese día, eso sí, eran algo más numerosos: unos 15 por grupo. La mayoría de turistas se queda en la zona de los 2900 metros y en cuanto caminas 10 minutos estás más solo que la una y sientes tener Sicilia y las nubes a tus pies. Es curioso, porque en castellano acostumbramos a decir “el Etna”, masculinizado porque es un volcán; sin embargo en italiano tiene nombre femenino porque se considera que es criatura y creadora. Al tener la lava tan densa permite no ser muy destructivo y generar fertilidad, de ahí el sentido femenino del nombre. No obstante, otros volcanes del sur de Italia como el Strómboli o el Vesubio reciben nombres masculinos porque son mucho más explosivos.

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En el cráter.

Es espectacular estar a esa altitud y poder contemplar casi toda Sicilia a nuestros pies, divisar Calabria y las islas Eolias, además de por supuesto toda una sucesión de pequeños cráteres. Se contemplan muy bien aquellas zonas emplazadas en accidentes geográficos fáciles de reconocer: por ejemplo Enna y Calascibetta que están encima de dos pequeñas mesetas, una frente a la otra (a más de 50km de distancia del volcán). Uno de los grandes atractivos de la ascensión al Etna es descender por el canchal de piedra: permite esquiar en piedra (personalmente uno de los descensos más largos que he hecho). Además, desde los 2900 metros hacia abajo decidimos ir por otro cráter secundario (el de la eurpción de 2002-2003) y después tuvimos el buen regalo de otro descenso con derrape.

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Bajada: esquí sobre tierra.

Por último, una curiosidad: la última erupción (4 de diciembre de 2015) cubrió de cenizas y piedras parte de la cara sur y depositó sobre la nieve la capa de minerales. De esta forma, ahora se ve salir vapor de agua del suelo, que es la nieve que queda debajo de la piedra y se pierde en forma de vapor. A las 16.00 es el último viaje de bajada del teleférico, nosotros a las 15.30 ya estábamos bajando habiendo empezado sobre las 09.30.

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La nieve queda debajo de las cenizas que la cubrieron tras la explosión de diciembre.

 

Saltando por el mundo. 26 diciembre 2012

Filed under: Viajes — Aznar @ 15:44
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Estas fechas parecen dadas a la nostalgia, al menos en mi caso, y especialmente si pienso en mi situación hace justo dos años al otro lado del charco. Me he puesto a ver este vídeo que nunca subí al blog, pero hoy esto va a cambiar porque aquí lo dejo:

¡Disfrutadlo y feliz año!

 

Viaje a Marruecos, tercer día, Asilah – Larache. 12 noviembre 2012

2 de abril de 2012

Nos levantamos con la firme intención de acudir a la playa que nos recomendó Abdulah la noche anterior en el hamman. No obstante, el hambre apremia y el desayuno marroquí es un auténtico manjar. Buscamos un lugar para desayunar en una de las calles principales de Asilah en la que se aglomeran varios bares y restaurantes. La decisión no la tomamos nosotros, son las nubes quienes la toman. En cuanto empezó a gotear nos detuvimos en la terraza de uno de estos establecimientos, a cobijo bajo un techo de sombrillas.

Encargamos el desayuno: melawis, pan con mantequilla y mermelada y té. Mientras estamos sentados esperando el desayuno se acerca un hombre, cercano a la treintena, dispuesto a que le compremos uno de los cuadros que vende. No son cuadros al uso, están pintados sobre material reciclado: trozos de sacos de cemento. La mayoría de las pinturas se dibujan con negro sobre el fondo marrón del saco y en todos ellos hay algún color chillón cuidadosamente elegido para una pequeña parte de la obra. Cada cuadro esconde una historia detrás que narra apasionadamente. Nos llaman la atención dos cuadros, especialmente a Víctor y a mí, influidos por la gran historia que hay detrás de ellos. En el fondo son dos cuadros muy similares que estaban bautizados como “Esclavo de amor” y “Esclavo de la música”. Nos convencen.

Al empezar a hablar del precio comienza a caer un auténtico diluvio, se nota que el Atlántico está a escasos metros y que es abril. El Jai pide por cada cuadro unos 100 Dh, evidentemente ni locos. El chico no se llama Jai, pero así se quedó en nuestra memoria porque continuamente decía “jai” a pesar de hablar en castellano. Es como decir maño, pero en el norte de Marruecos, en el resto de Marruecos se emplea “joya”. Empieza la retahíla típica de somos estudiantes, en España hay una gran crisis, etc. Además, como la lluvia arrecia parece que nos une algo más y la conversación se hace interesante. ¡Al fin y al cabo nos llama jai (hermano) continuamente! Conseguimos los dos cuadros por 30 Dh cada uno, unos 3 €. Como sigue diluviando, seguimos hablando y Jai nos confiesa que ha llegado a vender esos cuadros a los estadounidenses por 120 Dh, pero que el mejor negocio está siempre con los japoneses: hasta 150 Dh, minutos antes de que nosotros llegáramos.

La idea de ir a la playa con el cielo nublado y el diluvio que caía no parecía muy halagüeña. Así que decidimos poner rumbo hacia Larache, nuestro siguiente destino. ¿Carretera o autopista? Gana la opción de la carretera, una opción con mucha más personalidad que la autopista, las cuales son muy similares en todo el mundo. La carretera te muestra el Marruecos profundo, ese al que no llegan los aeropuertos, los tours organizados ni los turistas comunes. El paisaje tremendamente verde y de tierra rojiza te invita a inmiscuirte en él. Parece que te llama a gritos. Y lo escuchamos. Detenemos el coche unas decenas de kilómetros al sur de Asilah.

Los tres coincidimos en ir al baño en ese momento, una vez aliviadas las necesidades fisiológicas nos damos cuenta de que nos apetece andar. Meternos dentro de ese paisaje. Comenzamos a mirar por dónde andar porque se ven tres caminos, dos hacia el lado este de la carretera y otro hacia el oeste. Los del lado este de la carretera son descartados enseguida porque al mirar un poco más adelante se ve la autovía y una pequeña escombrera, no parece responder a ese maravilloso paisaje. El camino que se abre hacia el oeste de la carretera se pierde unos metros más adelante. Alcorzamos hasta lo alto de una loma y divisamos un magnífico valle que se abre hacia el oeste en dirección al Atlántico. Al fondo se ve un pequeño pueblo, y a lo largo de una de sus laderas un camino en aparente buen trazado. Acabamos de decidir por donde caminar cuando aparece un pastor casi desdentado con sus ovejas. Compartimos con él alguna de las galletas que nos estábamos comiendo y le ofrecemos agua, tan ricamente se queda la botella, eso sí sonriendo. ¡Sólo le ofrecíamos un trago! También se guardó alguna galleta y le preguntamos, por gestos, si el coche ahí estaba bien. El rabadán dijo que ningún problema, o eso entendimos.

No tengo duda alguna de que el hombre se guardó alguna de las galletas y el agua por verdadera costumbre. La costumbre de luchar contra la pobreza desde antes de tener uso de razón, por precaución y quizás las compartió luego con alguien. El valle se abre ante nosotros como se abrían todos los valles europeos hace décadas, completamente fragmentado y moldeado por la mano del hombre. En este caso las tierras de cultivo se extendían por todas las laderas del valle fluvial y casi no existía un fondo de valle transitable porque terminaba en una empinada V como buen valle de origen fluvial. Conforme avanzábamos por el camino el cielo se encapotaba cada vez más. Pasamos junto a una casa en la margen derecha del camino, no parecía haber nadie, salvo unas gallinas correteando por los alrededores.

Unos ochenta metros ladera abajo vimos a unos agricultores que se afanaban en hacer caballones y mejorar el estado de una conducción de agua, o eso parecía. Por enésima vez en tan solo tres días Julio y yo comprendimos que solemos hablar bastante alto porque desde abajo se oyó:
– ¡Españoles!
– Sí, ¿qué pasa pues?
– ¿Queréis unos porritos?
– No, gracias –entre risas-. Vamos a ir hasta el pueblo.
– ¡Buena hierba!
La distancia no permitía que la conversación fuera mucho más profunda. Pero qué oído tenía el nativo. Había conseguido escuchar que nosotros tres veníamos hablando en castellano y se encontraba lejos.

Fuimos hasta el pueblo que habíamos visto anteriormente. Evidentemente el pueblo no tenía nada asfaltado ni había papeleras, bancos, ni nada. Eran simplemente unas cuantas casas alrededor de una mezquita, en la que por cierto estaban los niños de la zona memorizando el Corán. El ambiente era muy extraño, a pesar de estar a la misma distancia de mi casa que se puede encontrar Bruselas parecía otro mundo. El sonido que salía de la mezquita era un poco inquietante, voces y voces repitiendo continuamente lo mismo. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de basura que se encontraba por doquier. Las calles eran verdaderas escombreras. Una auténtica cerdada. Además, no había nadie por el pueblo. Supusimos que estarían trabajando en el campo o en las casas.

Atravesamos el pueblo y continuamos por el camino hasta una bifurcación. Tomamos el camino que nos llevaba hacia donde pensábamos que estaría el Atlántico. El camino comenzaba a ascender, y se pasaban algunas colinas, pensábamos que tras una de ellas se encontraría el océano. Pero a la quinta colina nuestra esperanza se disipó y desandamos el camino atravesando de nuevo el pueblo con su caótico vocerío y su omnipresente basura.

A la vuelta los agricultores que nos habían ofrecido porros hacía un par de horas habían hecho un descanso para comer. Bajamos a saludarles, el que hablaba castellano se llamaba Bin:
– ¿Cómo es que hablas castellano pues?
– He estado diez años viviendo en España, en un pequeño pueblo de La Mancha. Cuando comenzó la crisis me volví a Marruecos y aquí estamos, plantando pimientos ahora.
– ¿Vives en el pueblo de allí? –pregunté señalando el pueblo que acabábamos de cruzar-.
– No, ese pueblo de ahí es una mierda. Más que por el pueblo por la gente que vive en él. Se llama Lonsa. Pero yo vivo en Larache.
– ¡Nosotros vamos a dormir esta noche en Larache!
– Podemos quedar esta tarde en Larache.
– ¡Perfecto! Dinos lugar y hora porque no conocemos nada.

Acordamos encontrarnos a las ocho de la tarde en el café Lixus de la plaza de la Liberación de Larache. Al parecer no tenía pérdida. De camino a Larache paramos a comer en las ruinas fenicias de Lixus, están a escasos dos kilómetros de Larache. Y desde la carretera que procede de Asilah te encuentras con las ruinas en un promontorio del terreno sobre lo que hoy es el valle del río Loukos, pero que en el pasado era un estuario. La visita se puede hacer únicamente con un guía, según nos contaron –y así decía también nuestra guía de viaje- porque hace tiempo algunos chicos locales habían lanzado piedras a los turistas. En fin, el caso es que ahora te acompañaba un guía sí o sí. En nuestro caso Nadim, que quiere decir amigo y que era el único que sabía castellano, o al menos algo de castellano. Eso sí, la palabra “señor” la tenía superinteriorizada porque no hacía más que soltarla a la menor ocasión. Compartimos con él nuestra comida, unos quesitos, pan marroquí, embutido de vaca, olivas y plátanos. Sin duda, hacía honor a su hombre, era un buen tío, alguien de quien te puedes hacer amigo. Aunque, he de reconocer que las explicaciones sobre los pedruscos que veíamos podían ser bastante mejorables. No obstante, se defendió bastante bien para explicarnos cómo funcionaban las termas, los sacrificios, etc. Y también para diferencias las partes fenicias de las cartagineses y ambas de las mauritanas y romanas.

Ruinas de Lixus con el río Loukos y Larache al fondo.

Unos minutos antes de las ocho estábamos como un clavo en el bar Lixus de Larache. Apareció Bin con exquisita puntualidad británica y vestido al más puro estilo londinense. Muy lejos de las ropas que llevaba por la mañana para su trabajo en el campo y también muy lejos de nuestros desgastados pantalones y camisetas. Se había puesto un fular alrededor del cuello y una chupa de cuero con unos pantalones blancos. No iba como la mayoría de marroquíes, se hacía notar. De hecho pienso que le gustaba hacerse notar y que se notara que había estado un tiempo viviendo en Europa. Nos contó cómo un alto cargo de la Administración marroquí se había quedado con las tierras de su familia en Lonsa. Al parecer el supuesto ladrón con mano en el catastro simplemente había cambiado de nombre esas tierras y untado a los pertinentes para que no dijeran ni mu.

Terminamos nuestros tés y Bin nos llevó al puerto, íbamos a comprar pescado para la cena. Los tres íbamos guiados por Bin como niños capitalinos por un mercado rural. ¡Qué ajetreo! Por todos lados había movimiento, especialmente cuando llegaba un barco aquello se desbocaba. Pero lo que más nos impactó fue la forma de negociar de Bin. Llegamos a un “puesto”: un señor con unas cajas en medio del puerto vendiendo pescado. Tenía unos tres kilos de gambas y unas variedades de peces que no conocía, no están en el Ebro. Empezaron a negociar y enseguida se vio que Bin era un nativo y que además también era marino cuando no agricultor. La negociación fue en marroquí y obviamente no entendí nada. Pero vi como Bin probaba las gambas para ver su estado, cómo señalaba el pescado y hacía infinidad de preguntas rápidas, una tras otra. Al final, después de que Bin probó una gamba se decidió a pagar 100 Dh por todo eso. ¡10 euros por casi 3kg de gambas y pescado!

Evidentemente, salimos alucinados de allí, tal era nuestra admiración que el propio Bin nos ofreció que lo acompañáramos con su barco un día. El problema es que no zarpaba hasta dentro de tres días. Nos dijo que la gamba la probó para ver si le habían echado unos polvos que se echan para que adquieran la forma que suele gustar en el mercado y que no es nada saludable, al parecer esas no llevaban. Salimos del puerto y fuimos a un restaurante a que nos pelaran el pescado y nos cocinaran las gambas y el pescado.

Comimos como auténticas fieras y fue imposible comernos todo. Lo que sobró se lo llevó Bin para su familia. Tuvieron sin duda para comer y cenar al día siguiente. Mientras comimos Bin nos dijo que cuando se come pescado se necesita beber mucha agua para facilitar la digestión. No sé si es cierto o es que nos sugestionamos, el caso es que el cuerpo pedía mucha agua para pasar todo ese producto marino y con una lógica aplastante Bin dijo que el pescado se suele tomar por todos los bichos (salvo el hombre) en el agua y que por eso requiere mucha agua. En fin, con la barriga llena nos fuimos a la camica, no sin antes haber cuadrado en vernos con Bin a la mañana siguiente…

 

Viaje Marruecos, segundo día Tánger – Asilah. 15 abril 2012

1 de abril de 2012.

La llamada a la oración antes de las cinco de la mañana te recuerda que no estás durmiendo en tu cama, ni siquiera en tu continente. Al cabo de unos momentos vuelve de nuevo la calma, aunque se repite al cuarto de hora el mismo proceso (o al menos muy parecido al anterior).

En Marruecos son dos horas menos que en la España peninsular así que a las seis y media ya no puedo pegar ojo y me dedico a dar vueltas en la cama. Hojeo un libro mientras escucho el canto matutino de los gorriones. Cuando mis compañeros se despiertan nos vamos a desayunar.

Llegamos a las nueve y tocamos en la puerta tal y como nos dijo el hostelero anoche. Nos sirve un completo desayuno consistente en un zumo de naranja natural, un té verde con menta, unos melawi y pan recién horneado. Todo esto aderezado con mantequilla y mermelada a discreción. Julio no come mucho, dice que por la mañana no le entra tanto, pero su parte no queda en el plato. Al rato viene una pareja que también estaba anoche cenando en el restaurante. Son británicos. El hombre de raza negra espera el desayuno escribiendo en un cuaderno lo que parece un diario de viaje. La mujer hojea una guía de viaje. Pagamos 20 Dh cada uno y nos despedimos del posadero y de la pareja británica.

Retrocedemos hasta la pensión y continuamos por la calle que baja hacia la mezquita. Está a treinta metros de nuestra pensión, ahora entendemos porqué se oía tanto la llamada a la oración de las cinco de la mañana. Aparecemos en la muralla de la medina en un mirador. La vista no nos gusta tanto como esperábamos, vamos al otro mirador que marca la guía. De camino un vecino del barrio nos pregunta qué buscamos en un correcto castellano. Nos enseña la medina, nos dice que hay mcuhos europeos que se han comprado casa en la medina. Pueden costar 250.000 € esas casas, al menos eso asegura. Son grandes, bonitas y en mitad de la medina, y muchas de ellas con buenas vistas en la azotea. Llegamos al otro mirador, este vale más la pena. No hay playa, el mar termina contra un muro y por todos lados se ven rompeolas en construcción.

El vecino que hace de guía nos lleva a una tienda de chilabas. Dice que sin compromiso pero las ganas que tenemos de hacernos con una los tres y las aptitudes comerciales del dueño de la tienda consiguen que salgamos con dos chilabas (Víctor y yo) y con una camisa blanca para Julio, quien parece un ángel con ella. La timada ha sido considerable pero en ese momento no somos muy conscientes, 200 Dh cada chilaba. Reconozco que la calidad de las mismas no era buena. Pagamos la novatada. No iba a quedar ahí la novatada… Al despedirnos el vecino que hacía de guía nos pidió una propina. Le dí 20 Dh, esperaba que fuera más que suficiente pero el hombre aun seguía ahí y Víctor le dio otros 20 Dh. Son menos de cuatro euros entre los dos pero es un pastón. En otras ciudades eso se hace gratis, y en la misma Tánger otras personas también. Además se llevará una buena comisión por las chilabas. Al menos pasamos un buen rato con él.

Con la chilaba puesta por Tánger nos ponemos manos a la obra para alquilar un carro. Alex nos dio en Algeciras un contacto, llamo al tío y no nos entendemos para nada. Así que lo hacemos al modo marroquí. Entro a una tienda y pregunto si saben dónde alquilan coches. El dueño del negocio me dice que sí y habla con una persona sentada en la entrada. No tengo muy claro la relación entre ellos, si se limita a ser empleado y propietario o hay relación familiar. No lo sé. Sé que la persona que está fuera se llama Karim y que se ofrece a acompañarnos hasta la agencia de alquiler. Tardamos unos 15 minutos en hacer el trayecto. La tienda está cerrada, nos tomamos un té con Karim mientras esperamos a que venga el dueño, un conocido de este.

Karim es un musulmán convencido y practicante. A sus 82 años no tiene que ser fácil para él levantarse antes de las cinco de la mañana para realizar la primera oración del día. No obstante, asegura que es su preferida, cuando todo está tranquilo y se puede concentrar mejor. Mantenemos una profunda conversación sobre la vida, en un correcto castellano. La conversación se torna en una ponencia conforme se profundiza más en aspectos morales y filosóficos. Es evidente que su experiencia es inmensa y que además es un hombre culto, no podemos más que preguntar. Somos todo oídos.

Karim es una persona que practica lo que dice, los tres deducimos lo mismo. Vive con lo justo, lo indispensable para vivir. No quiere más. Ve inconcebible el precio que hemos pagado por las chilabas. Él, que también es comerciante, ajusta el precio de venta al valor del objeto. Evidentemente, lo vende más caro que al comprarlo, pero solo lo necesario para su sustento. Alega que lo otro es un engaño y que eso no es dinero limpio. Dice que el dinero está bien siempre que se gane honestamente. Nos explica que el Islam es muy flexible. Hay que cumplir el Corán en la medida de las posibilidades de cada uno. El mismo se salta la oración de la una de la tarde por estar ayudándonos a nosotros.

Regresa el dueño de la agencia. Queremos coger el coche en Tánger y dejarlo en Fez. Dice que no es posible, que se ha de devolver en Tánger. Dudamos. Acordamos que el precio sean 300 Dh por día y que dejaremos el coche en Tánger. Nos pide de fianza 500 €. Totalmente imposible. Tras una larga conversación decide bajarlo a 200 € de fianza y un DNI español. Asegura que es peligroso conducir el coche por Casablanca. Todos dudamos, especialmente Julio. Yo quiero ir a Casablanca y como zaragozano no doy mi brazo a torcer con facilidad. El dueño vuelve a lo mismo, pregunta por enésima vez si vamos a Casablanca. Le digo que sí, que me hace ilusión y que voy a ir. Se levanta y dice “safi”, lo que en árabe se utiliza para zanjar una negociación y significa más o menos déjalo estar. Me quedo con un palmo de narices y le insisto. Parece un bucle infinito porque me dice que si voy a ir a Casablanca de nuevo. Evidentemente le digo que sí otra vez. Ahora dice: “safi, safi”. Nos vamos.

Karim nos lleva a otra agencia. Por el camino nos cuenta que este hombre de la agencia prefería escuchar una mentira que una verdad. Es sorprendente pero así es, simplemente quería escuchar que no íbamos a Casablanca. De esa forma nos lo habría alquilado. Hay mucha gente que es más feliz oyendo mentiras… En la agencia estamos treinta segundos. Es una agencia europea y el precio es casi el doble que en la anterior. Buscamos otra de nuevo.

Encontramos la nueva agencia gracias a Karim. Esperamos un rato y el dueño de un establecimiento vecino nos indica que hoy no abrirá por ser domingo. Pasa por la calle un señor, Mohammed, que se dirige a nosotros en castellano directamente. Lo habla muy bien, ha vivido en España varios años. Dice que el conoce un sitio donde alquilarlo. Le hablamos del precio y nos lleva a la otra agencia. El precio es el mismo que el que habíamos regateado en la primera agencia: 300 Dh/día. La fianza es un pasaporte, el mío. Él lo arregla todo, el dueño no habla castellano ni inglés. Le digo que nos den un mapa, la respuesta es negativa. Cuando está todo listo Mohammed me pide 100 Dh (unos 9 €) para ir a comprar un mapa. Se los doy.

Nos enseñan el coche. Dice que está limpio y en buen estado. Le digo que lleva más mierda que una cloaca. Y dice que sí pero que no tiene daños. Eso es cierto hasta que Julio se fija en que hay una rueda pinchada. Nos dice que la cambiemos que no cuesta nada. Naranjas de la china. Ahora entiende algo de castellano y nos da otro coche, mejor que el anterior, un Dacia de cuatro puertas con un amplio maletero. Nos llevamos el coche con Karim y acordamos vernos con Mohammed en la tienda de Karim.

Karim nos guía hasta la gasolinera más cercana porque el coche está en reserva. En esa gasolinera nos indica cómo salir dirección sur (hacia Asilah), muy sencillo: seguir toda la avenida. Le digo:
– Te llevamos a la tienda y luego volvemos aquí para ir hacia Asilah.
– No, no sabréis volver. La tienda está muy lejos de aquí y es complicado.
– Karim, que te vamos a llevar. Además he quedado con Mohammed en la tienda.
– ¿Para qué?
– Le he dado 100 Dh para que comprara un mapa.
La cara de Karim adquiere una expresión muy próxima entre la decepción y la indignación:
– Aunque vayas a la tienda no te vas a encontrar con él.
Ahora es mi cara la que cambia de semblante, y no solo mi cara. Me siento como un auténtico imbécil. Tanto rato con Karim me había hecho olvidar que no todo el mundo actúa de buena fe, había bajado la guardia.

Nos despedimos de Karim. El buen nombre nos pide que le demos alguna limosna, ¡qué menos! Lleva toda la mañana y parte de la tarde ayudándonos y no habríamos alquilado el coche sin él. Ha pedido limosna de una forma muy conmovedora. Lo ha pedido desde la necesidad, y desde el dolor que le produce tener que pedir. Su expresión manifiesta necesidad, y sus zapatos, gafas y ropas lo demuestran. Le damos 20 Dh y varios abrazos cada uno.

En el coche camino de Asilah nos invaden sentimientos encontrados. Tánger es una gran ciudad portuaria, con todo lo que eso conlleva y sabíamos lo que allí había. De hecho hemos disfrutado en ella y aprendido mucho de ella. Pero nos sentimos mal por haberle dado 100 Dh a alguien que nos ha engañado diciendo que iba a comprar un mapa y tan solo 20 Dh a quien ha estado casi todo el día con nosotros, ha sido fundamental para alquilar el coche y nos ha enseñado muchísimo. Hemos visto a pequeña escala lo que en el mundo sucede a gran escala: el que obra bien se lleva poco por mucho esfuerzo, sin embargo el que obra mal se puede llevar un dineral con engaños. No obstante, no cabe duda de que Karim es una persona mucho más feliz que Mohammed y que sin duda las personas que a su lado se encuentran también son mucha más felices que las que están al lado de Mohammed.

Con la moral tocada por lo injusta que es la vida a veces, sobre todo cuando no se está con los cinco sentidos, llegamos a Asilah. Conseguimos alojamiento en la casa de una mujer por tan solo 100 Dh los tres, a unos 3 € cada uno. Tenemos ducha, baño y cocina propios. No está mal. Damos una vuelta por Asilah y volvemos a casa. Julio está cansadísimo, no se encuentra muy bien y se tumba a la cama. Queremos ir al hammam, pero a él no le apetece. Insistimos y se anima a venir, “no he cambiado de continente para quedarme en la cama”.

Vamos con la chilaba por la calle, lo que causa la hilaridad de los nativos. Intercambiamos sonrisas, gestos y miradas de complicidad. También algunas frases en tono guasón, preguntándonos si somos bereberes. Llegamos a la medina y vamos a un hamman que hemos localizado antes paseando. Negociamos el precio, ¡nos quería cobrar 20 Dh!, y entramos por 12 Dh cada uno. Hacía tres años que no entraba en un hamman y es siempre la misma sensación pero con diferente experiencia. Es decir, la humedad y el calor son constantes pero las personas y la distribución del local varían. La acústica en este caso es malísima, no obstante nos tratan como a inválidos porque la gente que está dentro nos llena nuestros cubos de agua a la temperatura que queremos y nos explica cómo emplear el hamman de una forma saludable. No más de quince o veinte minutos en la habitación más caliente. Nos ofrecen un masaje gratis pero no tuvimos huevos en esta ocasión. También influye que llevábamos diez minutos ahí dentro, y al menos yo empezaba a notar que era suficiente.

Mientras nos cambiamos entablamos conversación con un chico que se llama Abdulah, está cuadrado el condenado. Nos alegra el rato con su perfecto castellano, su hermana vive en Toledo, y nos dice que tiene una tienda de ropa en el centro de la medina. Nos explica cómo ir a una playa cercana a Asilah que al parecer es preciosa. Hay que ir en carro de caballos, está a unos cinco kilómetros. Bueno, también se puede ir andando…

Al salir del hamman damos una vuelta por Asilah, es un domingo a las 21:00 de la noche y la ciudad bulle. Está todo el mundo en la calle paseando, tomando té o viendo el fútbol. Después de pasear nos ponemos a tomar el té. ¡Qué rico! Té de menta en una terracica del paseo viendo el fluir de la ciudad y comentando nuestro ajetreado día. Naturalmente Karim centra el grueso de nuestra conversación, nos ha marcado.

Paseamos por el paseo marítimo y nos damos cuenta de que a las 22:30 no queda nadie paseando. También vemos que nuestro coche se ha quedado solo, no hay más coches aparcados cerca. Cogemos las llaves del coche y voy con Julio a dejarlo en un aparcamiento vigilado que hay a cincuenta metros de donde estamos. Están cuatro hombres sentados alrededor de una mesa. Se ríen al vernos salir con las chilabas. Nos pide 20 Dh por dejar el carro. Julio mira su dinero al estilo bereber, por dentro de la chilaba y dice que no, que tienen que bajar el precio. Ellos se ríen y se sienten muy a gusto por ese gesto que denota un buen conocimiento del uso de la chilaba y acceden a bajarlo. El coche dormirá esta noche vigilado por aproximadamente 1€. Buenas noches.

 

El Matarranya (Aragón). 10 diciembre 2011

El Matarranya es el río que vertebra (junto con el Tastavins) y da nombre a la comarca. Es sin lugar a dudas la más mediterránea de todas las comarcas aragonesas. el Mediterráneo se encuentra a menos de 40km; eso sí, no por la carretera. Los olivos alternan con los almendros como lo hacen en otros lugares del Bajo Aragón pero en esta zona la proporción de olivos es mayor. Sin olvidar los melocotoneros. El aterrazamiento de las laderas está omnipresente en la comarca aunque sin llegar al extremo del Penedés. Los mases recuerdan que el territorio se aprovecha al máximo a pesar de las dificultades. Un paisaje muy diferente al del resto de Aragón.

Paseo a caballo en las inmediaciones de Valderrobres.

Y tanto que se explota. La actividad en Valderrobres es brutal, y en el resto de la comarca la afluencia de turistas es más que notable. La mayoría provenientes de la vecina Cataluña (es cierto que la parte del Baix Ebre está a menos de una hora). Algún zaragozano se pierde por allí pero no es habitual, a pesar de que solo está a 1 hora y cuarto de Zaragoza. Me parece increíble que los zaragozanos en particular y la gran mayoría de aragoneses en general no conozcamos el tesoro que tenemos en el Matarraña.

Atardecer en Valderrobres.

Los cascos urbanos están muy bien cuidados, con verdaderas joyas arquitectónicas como el Castillo de Valderrobres o la ermita de Peñarroya de Tastavins declarada su techumbre Patrimonio de la Humanidad. Darse una vuelta tranquilamente por el casco urbano de Valderrobres y cruzar su puente medieval después de ver las magníficas vistas desde lo alto de su castillo no tiene precio.

Por cierto, es Valderrobres, ni Valle de Robles ni Vall de Roures como dicen en castellano y en catalán respectivamente, los lugareños lo conocen como Valderrobres y así es. Traducir los nombres de las ciudades no tiene mucho sentido en lenguas tan próximas. De la misma forma que L´ampolla es L´Ampolla a pesar de que su traducción al castellano sería La Botella, y nadie la llama así. Un poco de respeto por la lengua del Matarraña. Además tiene un origen muy bonito, puesto que esa zona fue repoblada por catalanes en tiempos de la Reconquista y a pesar de pertenecer al Arzobispado de Zaragoza y al Rey de Aragón ellos siguieron hablando su lengua que ha perdurado (con cambios evidentemente) hasta nuestros días.

Dedicar una mañana a montar a caballo por los campos y bosques cercanos a Vallderrobres es una actividad muy interesante, además, por supuesto de visitar el Parrisal de Beceite. Un barranco que remonta el río Matarraña hasta su nacimiento y que está acondicionado para que cualquier persona lo pueda realizar. Se han habilitado plataformas elevadas para cruzar tramos inundados y el sendero no tiene pérdida alguna.

Parrisal de Beceite.

No tuvimos tiempo para visitar mucho más en la comarca: subir el Masmut, comer bien y poco más. Pero volveremos, ahora que la hemos descubierto, que sabemos del buen trato que se recibe y que tiene un patrimonio envidiable es imposible resistirse al retorno.

 

Trotando por Rusia y IV (Moscú). 4 noviembre 2009

Filed under: Viajes — Aznar @ 15:46
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En teoría un amigo de mi compañero de piso en Helsinki nos iba a esperar en Moscú a eso de las 09:30 cuando llegaba el tren a la capital rusa. Pues bien, el susodicho ferrocarril llevaba dos horas y pico de retraso y nuestras esperanzas de que alguien nos estuviese esperando después de más de dos horas y sin conocernos absolutamente de nada se nos desvanecían por momentos. Pintaba mal la llegada a Moscú

Salimos del tren con muchas ganas después de doce horas ahí metidos, pero sin mucha esperanza de encontrarnos con nadie. A los veinte pasos cuando llegamos a la altura de la locomotora oí con una voz alegre y totalmente despierta “¡Javier!”, alguien decía mi nombre con un claro acento moscovita (en realidad no diferencio el acento moscovita, solo me sé la teoría, pero vamos que era de Moscú). Este “alguien” al momento en nuestras cabezas se convirtió en Victor y fue nuestro verdadero ángel de la guarda en la capital de Rusia. Después de estar esperando más de dos horas a dos tíos que no conocía de nada tenía una vitalidad y unas ganas de hablar asombrosas. Pero no lo hacía en inglés, no sabía ni papa. Con decir que para decir “ok” pronunciaba “oc”. Así que todo en ruso, eso sí, ponía todo el empeño del mundo con gestos, sonidos y cualquier idea que tuviera; y si no funcionaba lo anterior tenía un comodín que más tarde descubriré…

De la estación nos fuimos al metro, también muy profundo -construido aprovechando antiguos bunkéres-. Llegamos al albergue, dejamos las cosas, nos atendieron muy cordialmente en inglés y nos fuimos prestos al Kremlin (ahí está la campana más grande del mundo y por ahí estaba, antes más, la famosa Hija de Putin). Allí Victor tuvo un descanso porque consiguió una intérprete, su prima que sabía castellano e inglés -¡ojo! que ella no es el comodín-. Nos llevaron a ver unas calles muy majas (especialmente una peatonal muy comercial) y sus estaciones preferidas de metro. Es muy bonito, no cabe duda que no hay punto de comparación con las estaciones de Argüelles o Gràcia, pero me esperaba mucho más del metro moscovita y es lo que suele pasar cuando te esperas mucho, que acabas desencantado; ya me pasó lo mismo en Granada unos años atrás…

Nos despedimos de su prima y nos dirigimos en metro a una colina que hay nada más cruzar el río y el estadio del Locomotiv. Desde ahí se ve toda la “city” de Moscú con sus rascacielos y gran parte del centro de la ciudad. Además, a nuestra espalda en ese mirador está el inmenso edificio de la Universidad (la foto sale un poco mal porque estaba anocheciendo, sorry). Intentábamos quedar con Victor para el día siguiente y al grito de “beautiful russian girl” se dirigió a dos chicas de Israel que estaban en el mirador (estudian en Moscú) y les pidió que nos tradujeran ruso-inglés e inglés-ruso, así quedamos para el día siguientes. Esto sí que era su comodín, lo repetía cuanto lo necesitaba, si no podía explicar algo paraba a alguna chica joven por la calle y le pedía que tradujera (hombre de recursos). Nos volvimos para el albergue los cinco, mezclando unos cuantos idiomas por el camino. Claro que hasta el albergue solo llegamos el brasi y yo, el resto se fue a sus respectivas casas.

En el albergue conocimos gente de lo más variopinta, desde una profesora estadounidense de inglés a un artista iraní que hacía arte con el entorno natural (ver la página web que vale la pena, ya nos lo encontramos dos días antes en San Petersburgo) todo esto pasando por un siberiano y dos hermanos de Egipto que estaban trabajando ahí y vivían en el hostal por largas temporadas. Probablemente sea de las cosas más enriquecedoras de los viajes, el conocer este tipo de gente tan peculiar e interesante.

A la mañana siguiente llegamos con Viktor (estoy pensando que igual es con “k”) al punto de encuentro en el centro y nos fuimos andando hasta la estación de la que salen los trenes para San Petersburgo (hay muchas estaciones de tren en las dos ciudades). Estuvimos andando más de dos horas y pico pero nos permitió hacernos una pequeña idea del Moscú profundo y aprovechar a comprar cosetas para Helsinki. Estoy convencido de que el Duty Free de la frontera no es más barato que el país más pobre con los que comparte frontera, por supuesto que es más barato que Finlandia pero para nada lo es más que Rusia. ¡Hicimos buena compra! Nos tocó despedirnos de Viktor y le agradecimos mil veces todo lo que hizo por nosotros, sé que no fue suficiente porque lo que hizo no tiene precio.

Aunque parezca mentira llegamos a San Petersburgo en hora, y ¡menos mal! porque si no habríamos tenido muchos problemas para coger el bus. Los buses salen enfrente de la estación de tren a las 21:00 de la noche y a las 6 o 7 de la mñanaa, no recuerdo. Pero ahí mismo se encuentran unas furgonetas que son mucho más baratas y se puede regatear el precio. Costaba 1.000rublos y pagamos 750 rublos, no conseguimos mucho ¡eh! Porque 750 rublos es lo que pagan todos, menos los tolis de turistas que de primeras te intentan sablar, y me parece bien que lo intenten. Si alguien tiene interés que pregunte allí proque no sé por qué ni si es pagando más te dejan en la puerta de casa en Helsinki. El viaje fue mejor que el de ida porque estaba atrás del todo de la furgoneta (había para 15 plazas, ¡increíble!) y no veía tan apenas la carretera aunque me imaginaba exactamente a cuantos centímetros pasábamos de cada coche.

Así pues, llegamos a Helsinki seis días después de la salida. Habiendo descubierto algo de un interesante país de contrastes y habiendo conocido gente extraordinaria.