Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Sergio bajo tierra. 18 marzo 2013

Un pitillo le brinda la pizca de luz necesaria para orientarse sin tropezones por la galería principal. La oscuridad es prácticamente total, pero Sergio se orienta bien, conoce el camino a la perfección y a pesar de la sombría penumbra no siente miedo. Concentra sus pensamientos en su novia Lucía.

No oye nada, salvo el eco de sus pasos que se pierde en la distancia y algunas gotas de agua que caen buscando su salida al mar. Periódicamente el techo de la galería se tambalea como si el temblor estuviera regulado por algo en la superficie. Cuando cesa esa sacudida también se distingue el característico sonido de los roedores compitiendo por el alimento. Sin embargo, lo que más fascina a Sergio es otro fenómeno que lo satura de adrenalina cuando la cueva parece próxima a estallar: el ruido es infernal, las vibraciones extraordinarias y toda la gruta se ilumina cegándolo.

EPÍLOGO:

Sergio anduvo durante muchos años por la galería, accedía a ella frente al instituto Pablo Gargallo y salía por el Portillo. Solía recorrerla para llegar puntual a las citas con Lucía, evitando así coger los tan habituales capazos de la superficie. Desde que construyeron la estación de Goya no ha vuelto a frecuentar el túnel; según dice, el arte del capazo en Zaragoza está cambiando: ahora también se cogen en el subsuelo. Y Lucía detesta esperar…

 

Nota: Este microrrelato fue presentado por mí al III Concurso de Microrrelatos de la FABZ. Espero que os haya gustado porque ha sido seleccionado como ganador. ¡Y no me podía resistir a subirlo!

 

Zaragoza y sus zetas. 28 junio 2012

Doce de octubre de 2008. Estación Intermodal de Delicias, Zaragoza. Ha pasado casi un día desde que salí de mi casa en Venezuela. No tengo claro qué hora es, miro el inmenso reloj de la estación y marca las 20:20.

Me viene a recoger el que será mi jefe. Un viento atroz lucha por derribarme al salir de la estación. Mi jefe sonríe y dice que se llama Cierzo. Mi jefe se encuentra a un conocido y charlan durante un buen rato, dice que eso es un capazo. Me pregunto si todo en esta ciudad contiene la letra zeta, es embarazoso porque no consigo pronunciarla sin que suene a ese.

Veintidós de enero de 2011. Aeropuerto Internacional de Maiquetía, Caracas. Ha pasado casi un día desde que dejé Zaragoza, mi trabajo terminó. No tengo claro qué hora es, miro el sencillo reloj del vestíbulo y marca las 14:35.

Me viene a recoger mi familia. Un calor bochornoso lucha por derretirme al salir del aeropuerto. Mi hermana sonríe y dice algo que ni siquiera llego a escuchar. Mi atención se centra en una joven pareja de enamorados que se abraza como si no hubiera mañana.

El chico viste una camiseta del Real Zaragoza. Me dirijo a él para decirle lo bien que me he sentido en Zaragoza. A su novia, reticente, la animo a visitarla: “la mayor dificultad está en las zetas, son muy frecuentes”. Sin embargo, le digo que ese sonido también se encuentra en hospitalidad, honradez y nobleza. El chico, emocionado por mi entusiasmo, me ofrece su camiseta como último recuerdo. Evidentemente se lee Zapater, con zeta.

Imagen

Nota: escrito para participar en el II Concurso de Microrrelatos de la FABZ.

 

Trotando por Rusia y IV (Moscú). 4 noviembre 2009

Filed under: Viajes — Aznar @ 15:46
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En teoría un amigo de mi compañero de piso en Helsinki nos iba a esperar en Moscú a eso de las 09:30 cuando llegaba el tren a la capital rusa. Pues bien, el susodicho ferrocarril llevaba dos horas y pico de retraso y nuestras esperanzas de que alguien nos estuviese esperando después de más de dos horas y sin conocernos absolutamente de nada se nos desvanecían por momentos. Pintaba mal la llegada a Moscú

Salimos del tren con muchas ganas después de doce horas ahí metidos, pero sin mucha esperanza de encontrarnos con nadie. A los veinte pasos cuando llegamos a la altura de la locomotora oí con una voz alegre y totalmente despierta “¡Javier!”, alguien decía mi nombre con un claro acento moscovita (en realidad no diferencio el acento moscovita, solo me sé la teoría, pero vamos que era de Moscú). Este “alguien” al momento en nuestras cabezas se convirtió en Victor y fue nuestro verdadero ángel de la guarda en la capital de Rusia. Después de estar esperando más de dos horas a dos tíos que no conocía de nada tenía una vitalidad y unas ganas de hablar asombrosas. Pero no lo hacía en inglés, no sabía ni papa. Con decir que para decir “ok” pronunciaba “oc”. Así que todo en ruso, eso sí, ponía todo el empeño del mundo con gestos, sonidos y cualquier idea que tuviera; y si no funcionaba lo anterior tenía un comodín que más tarde descubriré…

De la estación nos fuimos al metro, también muy profundo -construido aprovechando antiguos bunkéres-. Llegamos al albergue, dejamos las cosas, nos atendieron muy cordialmente en inglés y nos fuimos prestos al Kremlin (ahí está la campana más grande del mundo y por ahí estaba, antes más, la famosa Hija de Putin). Allí Victor tuvo un descanso porque consiguió una intérprete, su prima que sabía castellano e inglés -¡ojo! que ella no es el comodín-. Nos llevaron a ver unas calles muy majas (especialmente una peatonal muy comercial) y sus estaciones preferidas de metro. Es muy bonito, no cabe duda que no hay punto de comparación con las estaciones de Argüelles o Gràcia, pero me esperaba mucho más del metro moscovita y es lo que suele pasar cuando te esperas mucho, que acabas desencantado; ya me pasó lo mismo en Granada unos años atrás…

Nos despedimos de su prima y nos dirigimos en metro a una colina que hay nada más cruzar el río y el estadio del Locomotiv. Desde ahí se ve toda la “city” de Moscú con sus rascacielos y gran parte del centro de la ciudad. Además, a nuestra espalda en ese mirador está el inmenso edificio de la Universidad (la foto sale un poco mal porque estaba anocheciendo, sorry). Intentábamos quedar con Victor para el día siguiente y al grito de “beautiful russian girl” se dirigió a dos chicas de Israel que estaban en el mirador (estudian en Moscú) y les pidió que nos tradujeran ruso-inglés e inglés-ruso, así quedamos para el día siguientes. Esto sí que era su comodín, lo repetía cuanto lo necesitaba, si no podía explicar algo paraba a alguna chica joven por la calle y le pedía que tradujera (hombre de recursos). Nos volvimos para el albergue los cinco, mezclando unos cuantos idiomas por el camino. Claro que hasta el albergue solo llegamos el brasi y yo, el resto se fue a sus respectivas casas.

En el albergue conocimos gente de lo más variopinta, desde una profesora estadounidense de inglés a un artista iraní que hacía arte con el entorno natural (ver la página web que vale la pena, ya nos lo encontramos dos días antes en San Petersburgo) todo esto pasando por un siberiano y dos hermanos de Egipto que estaban trabajando ahí y vivían en el hostal por largas temporadas. Probablemente sea de las cosas más enriquecedoras de los viajes, el conocer este tipo de gente tan peculiar e interesante.

A la mañana siguiente llegamos con Viktor (estoy pensando que igual es con “k”) al punto de encuentro en el centro y nos fuimos andando hasta la estación de la que salen los trenes para San Petersburgo (hay muchas estaciones de tren en las dos ciudades). Estuvimos andando más de dos horas y pico pero nos permitió hacernos una pequeña idea del Moscú profundo y aprovechar a comprar cosetas para Helsinki. Estoy convencido de que el Duty Free de la frontera no es más barato que el país más pobre con los que comparte frontera, por supuesto que es más barato que Finlandia pero para nada lo es más que Rusia. ¡Hicimos buena compra! Nos tocó despedirnos de Viktor y le agradecimos mil veces todo lo que hizo por nosotros, sé que no fue suficiente porque lo que hizo no tiene precio.

Aunque parezca mentira llegamos a San Petersburgo en hora, y ¡menos mal! porque si no habríamos tenido muchos problemas para coger el bus. Los buses salen enfrente de la estación de tren a las 21:00 de la noche y a las 6 o 7 de la mñanaa, no recuerdo. Pero ahí mismo se encuentran unas furgonetas que son mucho más baratas y se puede regatear el precio. Costaba 1.000rublos y pagamos 750 rublos, no conseguimos mucho ¡eh! Porque 750 rublos es lo que pagan todos, menos los tolis de turistas que de primeras te intentan sablar, y me parece bien que lo intenten. Si alguien tiene interés que pregunte allí proque no sé por qué ni si es pagando más te dejan en la puerta de casa en Helsinki. El viaje fue mejor que el de ida porque estaba atrás del todo de la furgoneta (había para 15 plazas, ¡increíble!) y no veía tan apenas la carretera aunque me imaginaba exactamente a cuantos centímetros pasábamos de cada coche.

Así pues, llegamos a Helsinki seis días después de la salida. Habiendo descubierto algo de un interesante país de contrastes y habiendo conocido gente extraordinaria.