Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Viaje a Marruecos, tercer día, Asilah – Larache. 12 noviembre 2012

2 de abril de 2012

Nos levantamos con la firme intención de acudir a la playa que nos recomendó Abdulah la noche anterior en el hamman. No obstante, el hambre apremia y el desayuno marroquí es un auténtico manjar. Buscamos un lugar para desayunar en una de las calles principales de Asilah en la que se aglomeran varios bares y restaurantes. La decisión no la tomamos nosotros, son las nubes quienes la toman. En cuanto empezó a gotear nos detuvimos en la terraza de uno de estos establecimientos, a cobijo bajo un techo de sombrillas.

Encargamos el desayuno: melawis, pan con mantequilla y mermelada y té. Mientras estamos sentados esperando el desayuno se acerca un hombre, cercano a la treintena, dispuesto a que le compremos uno de los cuadros que vende. No son cuadros al uso, están pintados sobre material reciclado: trozos de sacos de cemento. La mayoría de las pinturas se dibujan con negro sobre el fondo marrón del saco y en todos ellos hay algún color chillón cuidadosamente elegido para una pequeña parte de la obra. Cada cuadro esconde una historia detrás que narra apasionadamente. Nos llaman la atención dos cuadros, especialmente a Víctor y a mí, influidos por la gran historia que hay detrás de ellos. En el fondo son dos cuadros muy similares que estaban bautizados como “Esclavo de amor” y “Esclavo de la música”. Nos convencen.

Al empezar a hablar del precio comienza a caer un auténtico diluvio, se nota que el Atlántico está a escasos metros y que es abril. El Jai pide por cada cuadro unos 100 Dh, evidentemente ni locos. El chico no se llama Jai, pero así se quedó en nuestra memoria porque continuamente decía “jai” a pesar de hablar en castellano. Es como decir maño, pero en el norte de Marruecos, en el resto de Marruecos se emplea “joya”. Empieza la retahíla típica de somos estudiantes, en España hay una gran crisis, etc. Además, como la lluvia arrecia parece que nos une algo más y la conversación se hace interesante. ¡Al fin y al cabo nos llama jai (hermano) continuamente! Conseguimos los dos cuadros por 30 Dh cada uno, unos 3 €. Como sigue diluviando, seguimos hablando y Jai nos confiesa que ha llegado a vender esos cuadros a los estadounidenses por 120 Dh, pero que el mejor negocio está siempre con los japoneses: hasta 150 Dh, minutos antes de que nosotros llegáramos.

La idea de ir a la playa con el cielo nublado y el diluvio que caía no parecía muy halagüeña. Así que decidimos poner rumbo hacia Larache, nuestro siguiente destino. ¿Carretera o autopista? Gana la opción de la carretera, una opción con mucha más personalidad que la autopista, las cuales son muy similares en todo el mundo. La carretera te muestra el Marruecos profundo, ese al que no llegan los aeropuertos, los tours organizados ni los turistas comunes. El paisaje tremendamente verde y de tierra rojiza te invita a inmiscuirte en él. Parece que te llama a gritos. Y lo escuchamos. Detenemos el coche unas decenas de kilómetros al sur de Asilah.

Los tres coincidimos en ir al baño en ese momento, una vez aliviadas las necesidades fisiológicas nos damos cuenta de que nos apetece andar. Meternos dentro de ese paisaje. Comenzamos a mirar por dónde andar porque se ven tres caminos, dos hacia el lado este de la carretera y otro hacia el oeste. Los del lado este de la carretera son descartados enseguida porque al mirar un poco más adelante se ve la autovía y una pequeña escombrera, no parece responder a ese maravilloso paisaje. El camino que se abre hacia el oeste de la carretera se pierde unos metros más adelante. Alcorzamos hasta lo alto de una loma y divisamos un magnífico valle que se abre hacia el oeste en dirección al Atlántico. Al fondo se ve un pequeño pueblo, y a lo largo de una de sus laderas un camino en aparente buen trazado. Acabamos de decidir por donde caminar cuando aparece un pastor casi desdentado con sus ovejas. Compartimos con él alguna de las galletas que nos estábamos comiendo y le ofrecemos agua, tan ricamente se queda la botella, eso sí sonriendo. ¡Sólo le ofrecíamos un trago! También se guardó alguna galleta y le preguntamos, por gestos, si el coche ahí estaba bien. El rabadán dijo que ningún problema, o eso entendimos.

No tengo duda alguna de que el hombre se guardó alguna de las galletas y el agua por verdadera costumbre. La costumbre de luchar contra la pobreza desde antes de tener uso de razón, por precaución y quizás las compartió luego con alguien. El valle se abre ante nosotros como se abrían todos los valles europeos hace décadas, completamente fragmentado y moldeado por la mano del hombre. En este caso las tierras de cultivo se extendían por todas las laderas del valle fluvial y casi no existía un fondo de valle transitable porque terminaba en una empinada V como buen valle de origen fluvial. Conforme avanzábamos por el camino el cielo se encapotaba cada vez más. Pasamos junto a una casa en la margen derecha del camino, no parecía haber nadie, salvo unas gallinas correteando por los alrededores.

Unos ochenta metros ladera abajo vimos a unos agricultores que se afanaban en hacer caballones y mejorar el estado de una conducción de agua, o eso parecía. Por enésima vez en tan solo tres días Julio y yo comprendimos que solemos hablar bastante alto porque desde abajo se oyó:
– ¡Españoles!
– Sí, ¿qué pasa pues?
– ¿Queréis unos porritos?
– No, gracias –entre risas-. Vamos a ir hasta el pueblo.
– ¡Buena hierba!
La distancia no permitía que la conversación fuera mucho más profunda. Pero qué oído tenía el nativo. Había conseguido escuchar que nosotros tres veníamos hablando en castellano y se encontraba lejos.

Fuimos hasta el pueblo que habíamos visto anteriormente. Evidentemente el pueblo no tenía nada asfaltado ni había papeleras, bancos, ni nada. Eran simplemente unas cuantas casas alrededor de una mezquita, en la que por cierto estaban los niños de la zona memorizando el Corán. El ambiente era muy extraño, a pesar de estar a la misma distancia de mi casa que se puede encontrar Bruselas parecía otro mundo. El sonido que salía de la mezquita era un poco inquietante, voces y voces repitiendo continuamente lo mismo. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de basura que se encontraba por doquier. Las calles eran verdaderas escombreras. Una auténtica cerdada. Además, no había nadie por el pueblo. Supusimos que estarían trabajando en el campo o en las casas.

Atravesamos el pueblo y continuamos por el camino hasta una bifurcación. Tomamos el camino que nos llevaba hacia donde pensábamos que estaría el Atlántico. El camino comenzaba a ascender, y se pasaban algunas colinas, pensábamos que tras una de ellas se encontraría el océano. Pero a la quinta colina nuestra esperanza se disipó y desandamos el camino atravesando de nuevo el pueblo con su caótico vocerío y su omnipresente basura.

A la vuelta los agricultores que nos habían ofrecido porros hacía un par de horas habían hecho un descanso para comer. Bajamos a saludarles, el que hablaba castellano se llamaba Bin:
– ¿Cómo es que hablas castellano pues?
– He estado diez años viviendo en España, en un pequeño pueblo de La Mancha. Cuando comenzó la crisis me volví a Marruecos y aquí estamos, plantando pimientos ahora.
– ¿Vives en el pueblo de allí? –pregunté señalando el pueblo que acabábamos de cruzar-.
– No, ese pueblo de ahí es una mierda. Más que por el pueblo por la gente que vive en él. Se llama Lonsa. Pero yo vivo en Larache.
– ¡Nosotros vamos a dormir esta noche en Larache!
– Podemos quedar esta tarde en Larache.
– ¡Perfecto! Dinos lugar y hora porque no conocemos nada.

Acordamos encontrarnos a las ocho de la tarde en el café Lixus de la plaza de la Liberación de Larache. Al parecer no tenía pérdida. De camino a Larache paramos a comer en las ruinas fenicias de Lixus, están a escasos dos kilómetros de Larache. Y desde la carretera que procede de Asilah te encuentras con las ruinas en un promontorio del terreno sobre lo que hoy es el valle del río Loukos, pero que en el pasado era un estuario. La visita se puede hacer únicamente con un guía, según nos contaron –y así decía también nuestra guía de viaje- porque hace tiempo algunos chicos locales habían lanzado piedras a los turistas. En fin, el caso es que ahora te acompañaba un guía sí o sí. En nuestro caso Nadim, que quiere decir amigo y que era el único que sabía castellano, o al menos algo de castellano. Eso sí, la palabra “señor” la tenía superinteriorizada porque no hacía más que soltarla a la menor ocasión. Compartimos con él nuestra comida, unos quesitos, pan marroquí, embutido de vaca, olivas y plátanos. Sin duda, hacía honor a su hombre, era un buen tío, alguien de quien te puedes hacer amigo. Aunque, he de reconocer que las explicaciones sobre los pedruscos que veíamos podían ser bastante mejorables. No obstante, se defendió bastante bien para explicarnos cómo funcionaban las termas, los sacrificios, etc. Y también para diferencias las partes fenicias de las cartagineses y ambas de las mauritanas y romanas.

Ruinas de Lixus con el río Loukos y Larache al fondo.

Unos minutos antes de las ocho estábamos como un clavo en el bar Lixus de Larache. Apareció Bin con exquisita puntualidad británica y vestido al más puro estilo londinense. Muy lejos de las ropas que llevaba por la mañana para su trabajo en el campo y también muy lejos de nuestros desgastados pantalones y camisetas. Se había puesto un fular alrededor del cuello y una chupa de cuero con unos pantalones blancos. No iba como la mayoría de marroquíes, se hacía notar. De hecho pienso que le gustaba hacerse notar y que se notara que había estado un tiempo viviendo en Europa. Nos contó cómo un alto cargo de la Administración marroquí se había quedado con las tierras de su familia en Lonsa. Al parecer el supuesto ladrón con mano en el catastro simplemente había cambiado de nombre esas tierras y untado a los pertinentes para que no dijeran ni mu.

Terminamos nuestros tés y Bin nos llevó al puerto, íbamos a comprar pescado para la cena. Los tres íbamos guiados por Bin como niños capitalinos por un mercado rural. ¡Qué ajetreo! Por todos lados había movimiento, especialmente cuando llegaba un barco aquello se desbocaba. Pero lo que más nos impactó fue la forma de negociar de Bin. Llegamos a un “puesto”: un señor con unas cajas en medio del puerto vendiendo pescado. Tenía unos tres kilos de gambas y unas variedades de peces que no conocía, no están en el Ebro. Empezaron a negociar y enseguida se vio que Bin era un nativo y que además también era marino cuando no agricultor. La negociación fue en marroquí y obviamente no entendí nada. Pero vi como Bin probaba las gambas para ver su estado, cómo señalaba el pescado y hacía infinidad de preguntas rápidas, una tras otra. Al final, después de que Bin probó una gamba se decidió a pagar 100 Dh por todo eso. ¡10 euros por casi 3kg de gambas y pescado!

Evidentemente, salimos alucinados de allí, tal era nuestra admiración que el propio Bin nos ofreció que lo acompañáramos con su barco un día. El problema es que no zarpaba hasta dentro de tres días. Nos dijo que la gamba la probó para ver si le habían echado unos polvos que se echan para que adquieran la forma que suele gustar en el mercado y que no es nada saludable, al parecer esas no llevaban. Salimos del puerto y fuimos a un restaurante a que nos pelaran el pescado y nos cocinaran las gambas y el pescado.

Comimos como auténticas fieras y fue imposible comernos todo. Lo que sobró se lo llevó Bin para su familia. Tuvieron sin duda para comer y cenar al día siguiente. Mientras comimos Bin nos dijo que cuando se come pescado se necesita beber mucha agua para facilitar la digestión. No sé si es cierto o es que nos sugestionamos, el caso es que el cuerpo pedía mucha agua para pasar todo ese producto marino y con una lógica aplastante Bin dijo que el pescado se suele tomar por todos los bichos (salvo el hombre) en el agua y que por eso requiere mucha agua. En fin, con la barriga llena nos fuimos a la camica, no sin antes haber cuadrado en vernos con Bin a la mañana siguiente…

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Cheb Bilal, Saragossa. 17 abril 2012

Hace una semana un taxista de Tánger iba escuchando una canción que sonaba muy bien y en la que además reconocíamos alguna palabra en árabe. De muy buen humor el taxista nos dijo el nombre del artista, Cheb Bilal. Lo apuntamos en el móvil y al vover a Zaragoza lo buscamos en Internet. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrimos que este cantante argelino tenía una canción dedicada a Zaragoza:

He intentado encontrar la letra de la canción pero ha sido imposible, solo la he conseguido en árabe. Y no lo domino tanto de momento. Si alguien encuentra la letra en castellano, inglés o francés que por favor lo indique aquí.

¡Zaragoza siempre presente!

 

Viaje Marruecos, segundo día Tánger – Asilah. 15 abril 2012

1 de abril de 2012.

La llamada a la oración antes de las cinco de la mañana te recuerda que no estás durmiendo en tu cama, ni siquiera en tu continente. Al cabo de unos momentos vuelve de nuevo la calma, aunque se repite al cuarto de hora el mismo proceso (o al menos muy parecido al anterior).

En Marruecos son dos horas menos que en la España peninsular así que a las seis y media ya no puedo pegar ojo y me dedico a dar vueltas en la cama. Hojeo un libro mientras escucho el canto matutino de los gorriones. Cuando mis compañeros se despiertan nos vamos a desayunar.

Llegamos a las nueve y tocamos en la puerta tal y como nos dijo el hostelero anoche. Nos sirve un completo desayuno consistente en un zumo de naranja natural, un té verde con menta, unos melawi y pan recién horneado. Todo esto aderezado con mantequilla y mermelada a discreción. Julio no come mucho, dice que por la mañana no le entra tanto, pero su parte no queda en el plato. Al rato viene una pareja que también estaba anoche cenando en el restaurante. Son británicos. El hombre de raza negra espera el desayuno escribiendo en un cuaderno lo que parece un diario de viaje. La mujer hojea una guía de viaje. Pagamos 20 Dh cada uno y nos despedimos del posadero y de la pareja británica.

Retrocedemos hasta la pensión y continuamos por la calle que baja hacia la mezquita. Está a treinta metros de nuestra pensión, ahora entendemos porqué se oía tanto la llamada a la oración de las cinco de la mañana. Aparecemos en la muralla de la medina en un mirador. La vista no nos gusta tanto como esperábamos, vamos al otro mirador que marca la guía. De camino un vecino del barrio nos pregunta qué buscamos en un correcto castellano. Nos enseña la medina, nos dice que hay mcuhos europeos que se han comprado casa en la medina. Pueden costar 250.000 € esas casas, al menos eso asegura. Son grandes, bonitas y en mitad de la medina, y muchas de ellas con buenas vistas en la azotea. Llegamos al otro mirador, este vale más la pena. No hay playa, el mar termina contra un muro y por todos lados se ven rompeolas en construcción.

El vecino que hace de guía nos lleva a una tienda de chilabas. Dice que sin compromiso pero las ganas que tenemos de hacernos con una los tres y las aptitudes comerciales del dueño de la tienda consiguen que salgamos con dos chilabas (Víctor y yo) y con una camisa blanca para Julio, quien parece un ángel con ella. La timada ha sido considerable pero en ese momento no somos muy conscientes, 200 Dh cada chilaba. Reconozco que la calidad de las mismas no era buena. Pagamos la novatada. No iba a quedar ahí la novatada… Al despedirnos el vecino que hacía de guía nos pidió una propina. Le dí 20 Dh, esperaba que fuera más que suficiente pero el hombre aun seguía ahí y Víctor le dio otros 20 Dh. Son menos de cuatro euros entre los dos pero es un pastón. En otras ciudades eso se hace gratis, y en la misma Tánger otras personas también. Además se llevará una buena comisión por las chilabas. Al menos pasamos un buen rato con él.

Con la chilaba puesta por Tánger nos ponemos manos a la obra para alquilar un carro. Alex nos dio en Algeciras un contacto, llamo al tío y no nos entendemos para nada. Así que lo hacemos al modo marroquí. Entro a una tienda y pregunto si saben dónde alquilan coches. El dueño del negocio me dice que sí y habla con una persona sentada en la entrada. No tengo muy claro la relación entre ellos, si se limita a ser empleado y propietario o hay relación familiar. No lo sé. Sé que la persona que está fuera se llama Karim y que se ofrece a acompañarnos hasta la agencia de alquiler. Tardamos unos 15 minutos en hacer el trayecto. La tienda está cerrada, nos tomamos un té con Karim mientras esperamos a que venga el dueño, un conocido de este.

Karim es un musulmán convencido y practicante. A sus 82 años no tiene que ser fácil para él levantarse antes de las cinco de la mañana para realizar la primera oración del día. No obstante, asegura que es su preferida, cuando todo está tranquilo y se puede concentrar mejor. Mantenemos una profunda conversación sobre la vida, en un correcto castellano. La conversación se torna en una ponencia conforme se profundiza más en aspectos morales y filosóficos. Es evidente que su experiencia es inmensa y que además es un hombre culto, no podemos más que preguntar. Somos todo oídos.

Karim es una persona que practica lo que dice, los tres deducimos lo mismo. Vive con lo justo, lo indispensable para vivir. No quiere más. Ve inconcebible el precio que hemos pagado por las chilabas. Él, que también es comerciante, ajusta el precio de venta al valor del objeto. Evidentemente, lo vende más caro que al comprarlo, pero solo lo necesario para su sustento. Alega que lo otro es un engaño y que eso no es dinero limpio. Dice que el dinero está bien siempre que se gane honestamente. Nos explica que el Islam es muy flexible. Hay que cumplir el Corán en la medida de las posibilidades de cada uno. El mismo se salta la oración de la una de la tarde por estar ayudándonos a nosotros.

Regresa el dueño de la agencia. Queremos coger el coche en Tánger y dejarlo en Fez. Dice que no es posible, que se ha de devolver en Tánger. Dudamos. Acordamos que el precio sean 300 Dh por día y que dejaremos el coche en Tánger. Nos pide de fianza 500 €. Totalmente imposible. Tras una larga conversación decide bajarlo a 200 € de fianza y un DNI español. Asegura que es peligroso conducir el coche por Casablanca. Todos dudamos, especialmente Julio. Yo quiero ir a Casablanca y como zaragozano no doy mi brazo a torcer con facilidad. El dueño vuelve a lo mismo, pregunta por enésima vez si vamos a Casablanca. Le digo que sí, que me hace ilusión y que voy a ir. Se levanta y dice “safi”, lo que en árabe se utiliza para zanjar una negociación y significa más o menos déjalo estar. Me quedo con un palmo de narices y le insisto. Parece un bucle infinito porque me dice que si voy a ir a Casablanca de nuevo. Evidentemente le digo que sí otra vez. Ahora dice: “safi, safi”. Nos vamos.

Karim nos lleva a otra agencia. Por el camino nos cuenta que este hombre de la agencia prefería escuchar una mentira que una verdad. Es sorprendente pero así es, simplemente quería escuchar que no íbamos a Casablanca. De esa forma nos lo habría alquilado. Hay mucha gente que es más feliz oyendo mentiras… En la agencia estamos treinta segundos. Es una agencia europea y el precio es casi el doble que en la anterior. Buscamos otra de nuevo.

Encontramos la nueva agencia gracias a Karim. Esperamos un rato y el dueño de un establecimiento vecino nos indica que hoy no abrirá por ser domingo. Pasa por la calle un señor, Mohammed, que se dirige a nosotros en castellano directamente. Lo habla muy bien, ha vivido en España varios años. Dice que el conoce un sitio donde alquilarlo. Le hablamos del precio y nos lleva a la otra agencia. El precio es el mismo que el que habíamos regateado en la primera agencia: 300 Dh/día. La fianza es un pasaporte, el mío. Él lo arregla todo, el dueño no habla castellano ni inglés. Le digo que nos den un mapa, la respuesta es negativa. Cuando está todo listo Mohammed me pide 100 Dh (unos 9 €) para ir a comprar un mapa. Se los doy.

Nos enseñan el coche. Dice que está limpio y en buen estado. Le digo que lleva más mierda que una cloaca. Y dice que sí pero que no tiene daños. Eso es cierto hasta que Julio se fija en que hay una rueda pinchada. Nos dice que la cambiemos que no cuesta nada. Naranjas de la china. Ahora entiende algo de castellano y nos da otro coche, mejor que el anterior, un Dacia de cuatro puertas con un amplio maletero. Nos llevamos el coche con Karim y acordamos vernos con Mohammed en la tienda de Karim.

Karim nos guía hasta la gasolinera más cercana porque el coche está en reserva. En esa gasolinera nos indica cómo salir dirección sur (hacia Asilah), muy sencillo: seguir toda la avenida. Le digo:
– Te llevamos a la tienda y luego volvemos aquí para ir hacia Asilah.
– No, no sabréis volver. La tienda está muy lejos de aquí y es complicado.
– Karim, que te vamos a llevar. Además he quedado con Mohammed en la tienda.
– ¿Para qué?
– Le he dado 100 Dh para que comprara un mapa.
La cara de Karim adquiere una expresión muy próxima entre la decepción y la indignación:
– Aunque vayas a la tienda no te vas a encontrar con él.
Ahora es mi cara la que cambia de semblante, y no solo mi cara. Me siento como un auténtico imbécil. Tanto rato con Karim me había hecho olvidar que no todo el mundo actúa de buena fe, había bajado la guardia.

Nos despedimos de Karim. El buen nombre nos pide que le demos alguna limosna, ¡qué menos! Lleva toda la mañana y parte de la tarde ayudándonos y no habríamos alquilado el coche sin él. Ha pedido limosna de una forma muy conmovedora. Lo ha pedido desde la necesidad, y desde el dolor que le produce tener que pedir. Su expresión manifiesta necesidad, y sus zapatos, gafas y ropas lo demuestran. Le damos 20 Dh y varios abrazos cada uno.

En el coche camino de Asilah nos invaden sentimientos encontrados. Tánger es una gran ciudad portuaria, con todo lo que eso conlleva y sabíamos lo que allí había. De hecho hemos disfrutado en ella y aprendido mucho de ella. Pero nos sentimos mal por haberle dado 100 Dh a alguien que nos ha engañado diciendo que iba a comprar un mapa y tan solo 20 Dh a quien ha estado casi todo el día con nosotros, ha sido fundamental para alquilar el coche y nos ha enseñado muchísimo. Hemos visto a pequeña escala lo que en el mundo sucede a gran escala: el que obra bien se lleva poco por mucho esfuerzo, sin embargo el que obra mal se puede llevar un dineral con engaños. No obstante, no cabe duda de que Karim es una persona mucho más feliz que Mohammed y que sin duda las personas que a su lado se encuentran también son mucha más felices que las que están al lado de Mohammed.

Con la moral tocada por lo injusta que es la vida a veces, sobre todo cuando no se está con los cinco sentidos, llegamos a Asilah. Conseguimos alojamiento en la casa de una mujer por tan solo 100 Dh los tres, a unos 3 € cada uno. Tenemos ducha, baño y cocina propios. No está mal. Damos una vuelta por Asilah y volvemos a casa. Julio está cansadísimo, no se encuentra muy bien y se tumba a la cama. Queremos ir al hammam, pero a él no le apetece. Insistimos y se anima a venir, “no he cambiado de continente para quedarme en la cama”.

Vamos con la chilaba por la calle, lo que causa la hilaridad de los nativos. Intercambiamos sonrisas, gestos y miradas de complicidad. También algunas frases en tono guasón, preguntándonos si somos bereberes. Llegamos a la medina y vamos a un hamman que hemos localizado antes paseando. Negociamos el precio, ¡nos quería cobrar 20 Dh!, y entramos por 12 Dh cada uno. Hacía tres años que no entraba en un hamman y es siempre la misma sensación pero con diferente experiencia. Es decir, la humedad y el calor son constantes pero las personas y la distribución del local varían. La acústica en este caso es malísima, no obstante nos tratan como a inválidos porque la gente que está dentro nos llena nuestros cubos de agua a la temperatura que queremos y nos explica cómo emplear el hamman de una forma saludable. No más de quince o veinte minutos en la habitación más caliente. Nos ofrecen un masaje gratis pero no tuvimos huevos en esta ocasión. También influye que llevábamos diez minutos ahí dentro, y al menos yo empezaba a notar que era suficiente.

Mientras nos cambiamos entablamos conversación con un chico que se llama Abdulah, está cuadrado el condenado. Nos alegra el rato con su perfecto castellano, su hermana vive en Toledo, y nos dice que tiene una tienda de ropa en el centro de la medina. Nos explica cómo ir a una playa cercana a Asilah que al parecer es preciosa. Hay que ir en carro de caballos, está a unos cinco kilómetros. Bueno, también se puede ir andando…

Al salir del hamman damos una vuelta por Asilah, es un domingo a las 21:00 de la noche y la ciudad bulle. Está todo el mundo en la calle paseando, tomando té o viendo el fútbol. Después de pasear nos ponemos a tomar el té. ¡Qué rico! Té de menta en una terracica del paseo viendo el fluir de la ciudad y comentando nuestro ajetreado día. Naturalmente Karim centra el grueso de nuestra conversación, nos ha marcado.

Paseamos por el paseo marítimo y nos damos cuenta de que a las 22:30 no queda nadie paseando. También vemos que nuestro coche se ha quedado solo, no hay más coches aparcados cerca. Cogemos las llaves del coche y voy con Julio a dejarlo en un aparcamiento vigilado que hay a cincuenta metros de donde estamos. Están cuatro hombres sentados alrededor de una mesa. Se ríen al vernos salir con las chilabas. Nos pide 20 Dh por dejar el carro. Julio mira su dinero al estilo bereber, por dentro de la chilaba y dice que no, que tienen que bajar el precio. Ellos se ríen y se sienten muy a gusto por ese gesto que denota un buen conocimiento del uso de la chilaba y acceden a bajarlo. El coche dormirá esta noche vigilado por aproximadamente 1€. Buenas noches.

 

Viaje Marruecos, primer día Sevilla – Tánger. 9 abril 2012

Filed under: Viajes — Aznar @ 18:42
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31 de marzo de 2012.

Dicen que la lluvia en Sevilla es una maravilla, no lo discuto, pero matizo que es una maravilla engorrosa cuando te tienes que desplazar con bastante peso y no llevas calzado adecuado. A eso de las diez de la mañana sale el autobús con destino a Algeciras. En esa ciudad andaluza donde se juntan el Mediterráneo y el Atlántico me uniré a dos amigos para cruzar a Marruecos.

Al llegar a Algeciras me encuentro con Alex quien después de unos achuchones (hace ocho meses que no lo veo) me cuenta alguna de sus vivencias por Marruecos. Voy a casa de Alex, que está en donde termina Algeciras en dirección La Línea, a dejar la maleta y el portátil. Preparo rápidamente la mochila que me voy a llevar a Marruecos y vamos a la estación de autobuses a buscar a mi amigo Julio y a su hermano Víctor, los tres dormiremos esa noche en África.

La lluvia sigue acompañando en Algeciras, y si en Sevilla es una maravilla no veo porqué en Algeciras no ha de serlo. Al menos comimos de maravilla en un garito de la parte vieja de la ciudad: un tomate relleno y un montadito de lomo con salsa de almendras.

En cuanto llegan los hermanos Navarro vamos al puerto. Compramos los billetes, solo ida que nunca se sabe lo que puede pasar… Nos damos cuenta en la fila para embarcar que no teníamos la tarjeta de embarque, media vuelta. Menos mal que el barco salía con retraso. Supongo que es evidente pedir la tarjeta de embarque si se está habituado a viajar en barco pero para nosotros tres no es lo habitual, en nuestra Zaragoza natal hace muchos siglos que no atracan barcos.

En el ferry voy escuchando los últimos minutos del partido del Zaragoza, está jugando en Gijón y va empate a uno. Nos sellan el pasaporte en el mismo barco y contemplamos el Estrecho desde la ventanilla del barco. En el último minuto marca gol Lafita y empezamos a hablar en alto de que igual es posible salvarse… El nuevo puerto de Tánger se denomina Tánger – Med, supongo que esto último es la abreviación de Mediterráneo. Tánger se encuentra en el Atlántico pero es posible que este puerto sí esté en el Mediterráneo porque está cincuenta kilómetros al norte de Tánger. Nos saludan en la montaña tres enormes palabras escritas en árabe que miran a poniente: “Alá, tierra y rey” nos ha dicho una azafata del ferry.

Nada más salir del edificio del puerto somos abordados por multitud de personas. Solo queremos coger el autobús gratuito que lleva a los viajeros al centro de Tánger, así que desechamos las diversas ofertas de tomar un taxi o un gran taxi. Llegar y besar el santo, en este caso subir y salir el bus.

El autobús nos deja en Tánger, no sabemos donde estamos pero Alex nos ha dicho el nombre de un hotel: Hotel Tarik. Decidimos preguntar por él nada más alejarnos un poco de la muchedumbre que se había agolpado alrededor de los viajeros que esperaban recoger sus maletas. Al parecer el susodicho hotel está lejos. Caminamos por Tánger hasta llegar a una zona con numerosos edificios en construcción. Ya hay un hotel abierto de cinco estrellas en la zona y decidimos entrar a preguntar. Nos atiende un chico en correcto castellano pero cuando le decimos cuánto cuesta una habitación para tres en el hotel no nos toma en serio y cambia de tema. Aprovechamos para cambiar euros por Dirhams y seguir sus indicaciones hacia el hotel Tarik.

Se hace tarde y no conseguimos encontrar el hotel, aunque creemos ir en la dirección correcta. Preguntamos a un taxista que estaba enfrente, ni papa de castellano ni de inglés. El hombre intenta explicarnos algo pero no entendemos. Nos montamos y le damos el nombre del hotel. Acordamos 20 Dirhams (Dh), algo menos de 2 €. Avanza 80 metros y da la vuelta en la rotonda para seguir el sentido que llevábamos andando. Nuestra sorpresa es mayúscula cuando dice “hotel Tarik” a sesenta metros de donde nos habíamos montado. Le damos los 20 Dh acordados y le decimos que es muy inteligente, nos estrechamos la mano y entramos al hotel. Nos piden casi 50 euros por dormir los tres. Media vuelta.

Es tarde, así que cogemos un taxi y le decimos que nos lleve a la medina (parte vieja de la ciudad) a una pensión que aparece en la guía que llevamos y que cuesta unos 6 euros. El taxista se queja fervientemente de la ampliación del puerto prevista en Tánger. Nos deja en la medina y enseguida viene un chico que estaba en la plaza para guiarnos por la medina y llevarnos a la pensión. Nos lleva a otra que está al lado (Pensión Amar). Suponemos que le dará su buena propina el dueño. Regateamos y acordamos 180 Dh por los tres. Parece buen precio para Tánger y la medina. El dueño de la pensión nos indica donde cenar, un buen cuscús. Además acordamos con el mesonero ir a desayunar ahí a la mañnaa siguiente por 20 Dh. Volvemos a la pensión y mantenemos una relajada conversación en castellano, francés y árabe con el dueño de la pensión y dos inquilinos. Nos vamos a la cama.

 

Excursiones nocturnas (Marruecos). 15 noviembre 2009

Las excursiones nocturnas generalmente salen improvisadas y porque alguien dice “a que no hay huevos”. Planteadas de esta forma, cabría pensar que lo normal sería que acabaran en desastre, pero bueno, a veces pasan menos cosas de las que tendría que suceder.

La que hoy transciende no era muy complicada en principio. Pongámonos en situación: mes de abril en el norte africano, concretamente en las gargantas del río Todra. Muy conocido por los escaladores por la gran cantidad y diversidad de vías de escaladas allí presentes. Y también por su belleza. Bueno, en este caso la belleza no reside en un idílico jardín del edén en el que deslumbra el verde, el agua y el color. No, en este caso la belleza está en lo inhóspito del paisaje, precisamente en la ausencia de todo lo anterior. Llegas a pensar que cuando la NASA dice que ha mandado algún inventillo de estos baratos a Marte en realidad han tomado las fotos allí ¡al ladico de casa oye!

A lo que íbamos, se trataba de un viaje de diez días organizado en el seno de la Escuela de Agrónomos de Madrid, bueno, más exactamente por su Grupo de Montaña (GMA). Habíamos pasado la noche en el campamento que se instaló en la zona, junto al río Todra y la mayoría de gente había estado escalando durante el día, es el caso de Javi “Piedras” que es uno de los de la excursión. Otros habíamos decidido ir a caminar por el monte marciano. Entre ellos, “el Homeless” que lo llamábamos así porque se propuso dormir la mayor cantidad de días posibles sin techo, bueno, y también sin ducharse. Pero esto último lo obviaremos. Es de esos días en los que al volver de la excursión diurna te sientes con ganas de haber visto más y de haber intentado llegar más lejos.

Según transcurría la noche a la luz de la hoguera y viendo que en las tiendas el sitio era muy escaso se empezó a decir lo de dormir fuera contemplando el diáfano cielo marroquí. Pero el problema de “a que no hay huevos…” iba a salir a relucir. Y, efectivamente, a eso de las dos de la mañana pasadas alguien lo dijo, entonces o te ríes hipócritamente o pasas olímpicamente o “la cagaste bundancaster“. Obviamente la opción fue la tercera… Pero faltaba el Piedras con nosotros que por la mañana lo habíamos echado de menos. Así que nos presentamos junto a él con el famoso comodín “a que no hay huevos a subir a dormir a lo alto del monte“. Obviamente, diciendo la frase, el chico no se lo pensó mucho y en unos 20 minutos estábamos en marcha. Sí que dijo unas veces que si estábamos tontos y eso, pero lo normal.

La excursión, de larga no serán más de tres kilómetros de ida, pero a esas horas de la noche y después del palizón de día hicieron mella. El Homeless iba bastante tocado nada más empezar, fumador… Pero con ánimos tiramos hacia arriba. El problema vino cuando el Homeless exhausto dijo que se plantaba, que no tiraba más. Luego al rato le convencimos y acordamos descansar un rato. Continuamos. Pero a los cinco minutos hubo que parar otra vez. Eso sí que me destrozó, casi me quedaba dormido esperando la recuperación del Homeless. Pero de nuevo lo levantamos, hay que decir que el condenado del Piedras iba pletórico. Si lo piensas, no sé hasta que punto era cansancio porque subíamos todo el rato riendo de la absurda situación (e incluso irresponsable) que es irte a dormir al monte solo en África de noche. Pero es como las drogas… seguíamos. Ostras, como las drogas pero más sano. Cuando empezaba a pensar que no lo íbamos a conseguir y me imaginaba detrás de mi continuamente al Homeless sacando la manta para dormir llegamos arriba (a 1.860 metros de altitud). No es mucho, el desnivel fue tan solo de 400 metros.

He de decir que la vista era asombrosa y el silencio impactante. Por no hablar del cielo que es uno de los mejores que recuerdo. Pero no me quedé mucho rato contemplándolo, caí rendido enseguida. Hacía un frío tremendo y solo teníamos papel higiénico para hacer fuego con lo que en 5 minutos se consumió todo. Pero el Piedras y yo habíamos cogido los sacos así que estuvimos bien. El problema más grande lo tuvo el Homeless que con su particular propuesta de hacer cosas extrañas se había subido solo con una manta. Las pasó putas.

En 3 horas tuvimos que empezar el descenso, porque había que bajar al campamento del GMA antes de las ocho. Bajar lo hicimos en un santiamén (nos cruzamos solo con un paisano y su burrico) y al llegar al campamento la imagen era muy bonita, como empezaban los más madrugadores a salir de las tiendas con cara de sueño. Despertamos desde el risco cercano a los que aun seguían aprovechando el sueño pero es que había que tomar el autobús hacia Marrakech.

Otro día sigo con alguna otra excursión nocturna. Y recordar que desde el martes estaré fuera así que no sé si escribiré.

P.D. Abstenerse del empleo de esta frase(“a que no hay huevos”) habitualmente porque solo tiene los efectos indicados en situaciones extraordinarias. Además, el uso excesivo de la misma puede causar resistencia sobre el interlocutor.