Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Zaragoza y sus zetas. 28 junio 2012

Doce de octubre de 2008. Estación Intermodal de Delicias, Zaragoza. Ha pasado casi un día desde que salí de mi casa en Venezuela. No tengo claro qué hora es, miro el inmenso reloj de la estación y marca las 20:20.

Me viene a recoger el que será mi jefe. Un viento atroz lucha por derribarme al salir de la estación. Mi jefe sonríe y dice que se llama Cierzo. Mi jefe se encuentra a un conocido y charlan durante un buen rato, dice que eso es un capazo. Me pregunto si todo en esta ciudad contiene la letra zeta, es embarazoso porque no consigo pronunciarla sin que suene a ese.

Veintidós de enero de 2011. Aeropuerto Internacional de Maiquetía, Caracas. Ha pasado casi un día desde que dejé Zaragoza, mi trabajo terminó. No tengo claro qué hora es, miro el sencillo reloj del vestíbulo y marca las 14:35.

Me viene a recoger mi familia. Un calor bochornoso lucha por derretirme al salir del aeropuerto. Mi hermana sonríe y dice algo que ni siquiera llego a escuchar. Mi atención se centra en una joven pareja de enamorados que se abraza como si no hubiera mañana.

El chico viste una camiseta del Real Zaragoza. Me dirijo a él para decirle lo bien que me he sentido en Zaragoza. A su novia, reticente, la animo a visitarla: “la mayor dificultad está en las zetas, son muy frecuentes”. Sin embargo, le digo que ese sonido también se encuentra en hospitalidad, honradez y nobleza. El chico, emocionado por mi entusiasmo, me ofrece su camiseta como último recuerdo. Evidentemente se lee Zapater, con zeta.

Imagen

Nota: escrito para participar en el II Concurso de Microrrelatos de la FABZ.

 

Definición de libertad, por el Che. 28 agosto 2011

Bonita definición de libertad explicada por el Che: “Todos los pueblos del mundo deben unirse para conseguir lo más sagrado, que es la libertad, que es el sentimiento de no tener ningún problema insalvable por delante“.

Es tan aplicable a los pueblos como a las personas, se es libre mientras no se tiene ningún problema insalvable por delante. Desde mi punto de vista tiene mucha lógica. Podían aplicarse el cuento el PP y el PSOE con su cambio de la Constitución que supedita nuestra libertad futura por los problemas que creará.

Mural del Colectivo Prefectura en Caracas.

La foto está tomada en Caracas, en un calle que transcurre entre la Plaza Bolívar y la Avenida Urdaneta.

 

Gracias Venezuela. 27 enero 2011

Ya hace más de una semana que partí de Venezuela. Este fin de semana recordaba caminando por el señorial Paseo de la Independencia de Zaragoza que hacía justo un fin de semana me encontraba en la Plaza Bolívar de Caracas. Estuve en muchas plazas en honor al Libertador de la Gran Colombia. De todas recuerdo algo que me hace sonreír y, aun tan temprano, ya me produce gran nostalgia.

Recuerdo la más grande de cuantas existen en Venezuela, la de Maracay, en donde una familia me tomó media docena de fotos hacia todas direcciones posibles mientras yo estaba, sin saberlo aun, con dengue. Me acuerdo de ese paso fugaz con Paolo por la de Barquisimeto el primer día que llegué a Venezuela tras una minutada buscándola. También de las fotos en la de Valencia con la familia Román, todos nosotros ataviados para subir al cerro Casupo. No me olvido de la única que visité con un familiar: en Ciudad Bolívar. Tampoco me olvido de esa en la que contemplé, con la compañía de un buen helado de “mantecado” y oreo, el discurrir de la vida en una ciudad flanqueada por picos de cinco mil metros. Qué bonita es Mérida. Pero, la que más me impactó fue la de Caracas.

Los gustos siempre dependen de los momentos y las expectativas, entre otros tantos factores. En Caracas surgió así. Simplemente me encantó el lugar, era el momento. La zona donde está la plaza ya me llamó la atención por asemejarse a un casco histórico como los que se encuentran en Europa, con sus calles peatonales y un ir y venir de gente que siempre hace a cualquier lugar muy entretenido e interesante. Vamos, que tenía nostalgia de Europa después de tanto tiempo y ahí me sentí como si estuviera en un lugar sureño del Viejo Continente. La plaza en sí misma deslumbra por su diseño, tanto la parte urbanística como por el estilo de sus zonas verdes que confieren un frescor al caluroso ambiente tropical. El verde invita a la tranquilidad, algo tan ansiado en una gran urbe como Caracas.

Lo que me sucedió con Caracas en particular lo asemejo a lo que sentí con Venezuela en general. Un lugar al que llegas inseguro por todas las historias que te han contado y que probablemente muchas personas dejan de visitar por eso mismo. ¡No saben lo que se pierden! Visité Caracas cuando mi temor por Venezuela había desaparecido, solo quedaba respeto y precaución. Pero Caracas aun seguían siendo palabras mayores. Allí seguí respetándola, pero no temiéndola. ¡Disfrute en ella! Tal y como lo hice en todo el país.

Sin duda el patrimonio natural que presencié en Venezuela deja boquiabierto. Y no solo hay un tipo de hábitat, ¡hay miles! Desde la selva más frondosa, al desierto, pasando por los Andes, los llanos, la Gran Sabana, etc. La laguna de Canaima quita las preocupaciones a cualquiera cuando se zambulle en ella, es algo indescriptible la sensación de paz que uno respira a la orilla de la laguna entre esas inmensas cascadas que la alimentan y bajo los inconmensurables tepuys que la custodian. Como dicen en Lara: ¡Naguará! No hay expresión más útil y exacta para expresarlo.

Probablemente lo que más me impactó fue la forma de vida. Completamente diferente a una Europa normalizada y legislada hasta la extenuación. Allí comprendes que no pasa nada por saltarse un semáforo en rojo si no perjudicas a nadie y vas a tener que estar esperando 70 segundos para nada. Comprendes que el tiempo es el que es, que vale la pena aprovecharlo y, especialmente, disfrutarlo. Se piensa en el hoy, y el mañana ya se verá. ¿Para qué ese pensamiento europeo de tengo que cotizar porque me quedo sin pensión? ¿Vas a estar toda la vida esclavo para poder pagarte una residencia? Eso si al final cobramos pensión…

Si te adaptas a la forma de vida de allí se vive con mucha menos preocupación. En Europa quedas con alguien a las 22:00 y si no estás tienes problemas. En Venezuela tienes problemas si estás a las 22:00 porque no va a ver nadie hasta dentro de dos horas. Ya está, se asume y no pasa nada, si luego no te apetece ir no vas y punto. Y tan amigos. Se hace lo que se quiere. Como debería ser. Eso sí, lo anterior no quiere decir que la palabra de un venezolano no valga. En absoluto, hay que comprender en qué situación se está y cuando se queda para salir por ahí pues no es algo de vital importancia que el amigo aparezca porque si quieres salir la oferta no es escasa y si no es con uno será con otro. Cuando la situación lo requiere la presencia de un amigo es segura.

Dejo para el final lo más importante. El carácter de la gente. Jamás había estado en ningún país en el que la gente al percatarse de que era de fuera (aunque me sintiera un guaro más, jejeje) me preguntara “¿Estás a gusto?” y me dijera “bienvenido a mi país”. Era algo que de verdad emociona y que tendría que copiar el mundo entero para los extranjeros. Claro que tiene sus riesgos… Porque imagina que te preguntan esto en Finlandia. Te entras ganas de decir: “Pues mira chico, estoy hasta los huevos de no ver el sol desde hace 3 meses”. Y el pobre finlandés se queda con un palmo de narices. No es plan. Ya no quiero pensar lo que te dirían en España con el otro tópico que más se repetía: “Perdona las cosas malas de mi país”. ¡Eso ya no emociona, dan ganas de cantar! Como si el tendero que me vendía la botella de agua tuviera alguna culpa de las cosas malas. Es como si mañana al primer extranjero que vea le digo: “maño, perdona por el paro, la corrupción, la holgazanería, la tauromaquia, la ignorancia, la televisión…”. No sé el porqué, no sé si es por orgullo o porque no somos tan acogedores (al menos de primeras). Pero esas frases que reconfortan sobre manera cuando estás a 10.000 km de casa no las veo exportables a Europa.

En cualquier caso, gracias por los helados en diciembre y enero, gracias por las playas caribeñas, gracias por las noches en el Cambural, gracias por ese proyecto que me tocó desarrollar, gracias por los viajes larenses, gracias por la hospitalidad, gracias por tener curiaras no fabricadas en el Ikea, gracias por lo barato de la gasolina, gracias por las noches de joda en el apartamento, gracias por los ratos en el Cardenalito, gracias por la mosquitera, gracias por los jugos de guayaba y parchita, gracias por los paseos por la Lara, gracias por el vuelo en avioneta, gracias por hacerte del Zaragoza, gracias por las visitas, gracias por la cinemateca de Barquisimeto, gracias por los rapiditos, gracias por la chicha y el gorro, gracias por las noches de joda y cartas en Valencia, gracias por el aceite de oliva italiano, gracias por las risas, gracias por los pirulines y el mapa de Barquisimeto, gracias por el béisbol, gracias por las noches en el Bunker, gracias por el queso blanco, gracias por la atención y por el suero, gracias por los paseos por el Orinoco, gracias por las conversaciones de Canaima y Buja, gracias Alitalia por la manta, gracias por la amistad, gracias por el alojamiento, gracias por la comida baresí de Carora, gracias por las infructuosas clases de salsa, merengue y similares, gracias por el celular, gracias por Transnitria, gracias por las comidas y cenas en la UCLA, gracias por el cine, gracias por “darme la cola”, gracias por las explicaciones e indicaciones, gracias por esa ascensión fugaz al techo de Mérida, gracias por las hallacas, gracias por el salto en parapente, gracias por estar en el terminal diciendo “Acarigua, Acarigua, Acarigua. Acarigua saliendo, Acarigua, Acarigua, Acarigua…”, gracias por los partidos de fútbol del condominio, gracias por las ostras, gracias por decir también “Maracay, Maracay, Maracay, Maracay directo, Maracay…”, gracias por la despedida en Caracas y el viaje hasta Caracas, gracias por enseñarme el ¡Naguará! y, cónchale, gracias también por el aire acondicionado y ¡por el dengue! Aunque este último espero no repetirlo…

Gracias Venezuela.

 

Venezuela. 24 enero 2011

Llegué a Venezuela bien entrado el mes de octubre. No lo hice con temor, porque tenía allí contactos y confiaba en ellos por las referencias recibidas anteriormente. Pero no llegué con total tranquilidad. No me sentía en el aeropuerto de Caracas como me puedo sentir en el de Zaragoza o en el de Helsinki. Estaba inseguro, alerta, quizás asustado.

Pronto se recupera uno del brutal impacto que recibe, hablando de temperatura y humedad. Enseguida, dentro del aeropuerto con el aire acondicionado (asiduo compañero durante los siguientes tres meses) uno se olvida de esa brutal humedad y del calor sofocante. Siendo que unas horas antes el Cierzo azotaba mis labios hasta cortarlos resulta impactante sentir ese fuerte bochorno en tan poco periodo de tiempo.

No obstante, conforme transcurren los días y especialmente las semanas en aquel país uno comienza a percibir las cosas tal cual son. O al menos más alejadas a la fatal idea preconcebida desde Europa. Mi pensamiento sobre Venezuela antes de pisar ese país era completamente negativo. Sobre todo en lo que hace referencia a la forma de vida en aquella nación. Pensaba que uno podía encontrarse con cadáveres prácticamente todos los días cuando salía a comprar el pan por la mañana, que era imposible estar por la calle tranquilo, etc. Simple y llanamente es la información a la que has tenido acceso como un europeo normal, del montón. Las noticias malas de Venezuela son las que suelen prevalecer en cualquier medio de comunicación. En los que no falta documentales monotemáticos sobre la violencia de Venezuela y, como llegué a ver en Cuatro una vez, diciendo que financiada e incentivada por el propio Gobierno.

Al pasar las semanas agarras confianza, conoces más gente, se abren nuevas puertas; en definitiva vives en Venezuela. No eres un mero turista. Puedes empezar a comprender el país por ti mismo, sin que tus ojos vean lo que otros han seleccionado y contado para ti como ellos quieren. En ese momento comienzas a comprender que es mejor decir “agarrar” en lugar de “coger”. Pero también comprendes que hay multitud de acciones positivas encaminadas a desarrollar una sociedad más justa y equilibrada. Universidad gratis, con comida, cena y transporte. Fomento de la educación a todos los niveles, promoción de la lactancia materna, dignificación de las comunidades indígenas, leyes que protegen a los trabajadores, etc.

No obstante, todo es un proceso. Y, al menos, el mío no finalizó ahí. Porque tras ese citado período de entusiasmo en el que uno descubre que no está en el infierno. Y no solo no está en el infierno si no que siente que existe un país en este mundo en el que el Gobierno no piensa única y prevalencientemente en favorecer a las empresas que están consumiendo la vida de millones de trabajadores en todo el mundo. Es decir, no solo no se está en el infierno, si no que se promulgan verdaderos avances sociales, culturales, etc.

Como digo, no terminó en ese optimismo. Tras ese brutal optimismo y felicidad de comprender que Venezuela no es lo que te pintan desde Europa llega la decepción. Efectivamente dista mucho de ser el país oprimido, triste y casi en guerra que uno piensa en el viejo continente. Pero si se analizan sus medidas muchas hacen agua. No llegan a buen puerto. La teoría es muy buena pero la práctica falla. ¿Por qué falla? Es una gran pregunta que según mi punto de vista tiene bastantes factores pero que el principal es la naturaleza venezolana. Hay quien me ha dicho que es así la forma de ser del latinoamericano pero lo dudo bastante, proque en Venezuela hay mucho petróleo y esta forma de ser puede seguir existiendo, creo, gracias a eso. Me refiero a que todo el mundo se intenta aprovechar del vecino. No del vecino exactamente, si no de cualquier hecho que le vaya a beneficiar a él y que generalmente va en contra del interés común. Es aprovechar la oportunidad que se presta y después ya se verá. Un claro ejemplo es el de las cooperativas agrarias en el medio rural, un ente que en Europa funciona bien y se puede decir que es casi imprescindible para que al pequeño agricultor reciba un mínimo de respeto. Pues bien, en muchos pueblos de Venezuela se dieron ayudas para desarrollar una cooperativa y ese dinero se volatilizó en una moto, un carro (coche en España) y la ampliación de una vivienda por parte de dos o tres personas del pueblo de turno. ¡Ni cooperativa ni vainas! Y el dinero fuera. Es un ejemplo. Pero hay miles. Esa cultura de aprovecharse cuanto se pueda del resto es algo que está aceptado y casi se aplaude y se dice “qué listo eres, chamo”.

Luego está la variante de este comportamiento a gran escala que es la corrupción de la clase política. Que intenta hacer lo mismo. Hay quien ha visto la oportunidad de su vida y se ha visto en lo más alto del poder con facilidad para mangonear y siguiendo esta tónica se aprovecha. Pues la variante del mismo problema.

Por otro lado está el problema de los embargos. Es decir que Venezuela tiene dinero contante y sonante ( o tenía) para comprar repuestos de ciertas máquinas médicas que solo se fabrican en EE.UU. y La Casa Blanca prohíbe a sus empresas vender esas piezas a Venezuela. A esto hay que unir la presión política y mediática de EE.UU. en contra del Gobierno (véanse cables de wikileaks). En fin, y un largo etcétera que solo sirve para que pierda la población, especialmente la clase media, la cual es con diferencia quien más ha perdido en estos últimos tiempos.

Y no puedo olvidarme de que en Venezuela la inflación no la regular el Banco Central si no que lo hace una entidad privada, tal y como sucede en Estados Unidos. Probablemente como medida de presión contra el Gobierno la inflación sube un 25 % anualmente. Algo que sin duda es una auténtica barbaridad.

[Continuará…]