Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

La lucha de Cecosesola. 5 noviembre 2013

Cecosesola es una cooperativa que nació a finales de la década de 1960 en Barquisimeto, Venezuela. Nació como una cooperativa de cooperativas que prestaba servicios funerarios. Como la propia cooperativa cuenta en el libro “¿Hacia un cerebro colectivo?” (Cecosesola, 2009) en los orígenes, la estructura y el funcionamiento de la cooperativa respondían a los valores llevados a cabo por las empresas del sector: unos trabajadores desligados de la toma de decisión, una estructura jerárquica y un principal objetivo económico.

Todo comenzó a cambiar en la década de 1980 cuando Cecosesola consiguió la concesión de los autobuses en Barquisimeto. Allí se estipuló que el precio del billete no debería subir porque es un servicio público y que los conductores cobraran un sueldo acorde a su trabajo. Además, el Gobierno no hacía efectivo un pago que correspondía a Cecosesola por el desempeño de la función. Dentro de la propia cooperativa había conductores que pedían triplicar el sueldo a pesar del déficit que tenía la cooperativa, volvemos de nuevo al tema del individualismo (anteponer el beneficio propio a corto plazo sobre el bien común).

Al final, desde la administración se apeó unilateralmente a Cecosesola del control de los autobuses y ofreció a los chóferes la posibilidad de integrarse como asalariados para gestionar al servicio. Algunos aceptaron, pero otros se pusieron en pie de guerra. Esto provocó que los asociados se hicieran cargo de decenas de familias que habían perdido su forma de sustento e incrementó enormemente las deudas de la cooperativa. No obstante, la solidaridad entre los asociados alcanzó límites insospechados y permitió que se dejaran de lado las ideas jerárquicas porque las reuniones se multiplicaron, se fueron los menos comprometidos y había un frente común que permitía aunar esfuerzos. ¡Aquí reside la clave de lo que hoy es Cecosesla!

Desde la cooperativa se decidió luchar por los autobuses y se consiguió al cabo de unos años. La cooperativa no obstante estaba con una deuda ingente, aunque tremendamente reforzada por los años de trabajo en pro de causa justa. ¡Ese trabajo hombro a hombro lima cualquier aspereza! En un momento se decidió vender los excedentes, que una cooperativa asociada de producción agrícola no podía vender, y se habilitó un autobús para eso. El éxito fue rotundo, todo vendido. Pocos pensaban que en ese momento ya estaba todo encaminado hacia el éxito: una cooperativa que había encontrado su forma de organizarse (horizontal y participativa) y una forma de sustentar a la propia cooperativa (la venta de productos agrícolas).

Las ferias agrícolas se propagaron por doquier y la participación fue incrementándose, a pesar de ir creciendo el número de asociados. Las asambleas se fueron propagando y los asociados tomaron conciencia de la responsabilidad que asumían como miembros de la asamblea, a la par que eran conscientes de las posibilidades que tenían entre manos. Hoy en día Cecosesola tiene 20.000 asociados y 1.300 trabajadores asociados con una participación horizontal y sin cargos jerárquicos.

Bibliografía:

Cecosesola, 2009. ¿Hacia un cerebro colectivo? Editorial: MC Editora C.A. Barquisimeto (Lara, República Bolivariana de Venezuela).

 

Gracias Venezuela. 27 enero 2011

Ya hace más de una semana que partí de Venezuela. Este fin de semana recordaba caminando por el señorial Paseo de la Independencia de Zaragoza que hacía justo un fin de semana me encontraba en la Plaza Bolívar de Caracas. Estuve en muchas plazas en honor al Libertador de la Gran Colombia. De todas recuerdo algo que me hace sonreír y, aun tan temprano, ya me produce gran nostalgia.

Recuerdo la más grande de cuantas existen en Venezuela, la de Maracay, en donde una familia me tomó media docena de fotos hacia todas direcciones posibles mientras yo estaba, sin saberlo aun, con dengue. Me acuerdo de ese paso fugaz con Paolo por la de Barquisimeto el primer día que llegué a Venezuela tras una minutada buscándola. También de las fotos en la de Valencia con la familia Román, todos nosotros ataviados para subir al cerro Casupo. No me olvido de la única que visité con un familiar: en Ciudad Bolívar. Tampoco me olvido de esa en la que contemplé, con la compañía de un buen helado de “mantecado” y oreo, el discurrir de la vida en una ciudad flanqueada por picos de cinco mil metros. Qué bonita es Mérida. Pero, la que más me impactó fue la de Caracas.

Los gustos siempre dependen de los momentos y las expectativas, entre otros tantos factores. En Caracas surgió así. Simplemente me encantó el lugar, era el momento. La zona donde está la plaza ya me llamó la atención por asemejarse a un casco histórico como los que se encuentran en Europa, con sus calles peatonales y un ir y venir de gente que siempre hace a cualquier lugar muy entretenido e interesante. Vamos, que tenía nostalgia de Europa después de tanto tiempo y ahí me sentí como si estuviera en un lugar sureño del Viejo Continente. La plaza en sí misma deslumbra por su diseño, tanto la parte urbanística como por el estilo de sus zonas verdes que confieren un frescor al caluroso ambiente tropical. El verde invita a la tranquilidad, algo tan ansiado en una gran urbe como Caracas.

Lo que me sucedió con Caracas en particular lo asemejo a lo que sentí con Venezuela en general. Un lugar al que llegas inseguro por todas las historias que te han contado y que probablemente muchas personas dejan de visitar por eso mismo. ¡No saben lo que se pierden! Visité Caracas cuando mi temor por Venezuela había desaparecido, solo quedaba respeto y precaución. Pero Caracas aun seguían siendo palabras mayores. Allí seguí respetándola, pero no temiéndola. ¡Disfrute en ella! Tal y como lo hice en todo el país.

Sin duda el patrimonio natural que presencié en Venezuela deja boquiabierto. Y no solo hay un tipo de hábitat, ¡hay miles! Desde la selva más frondosa, al desierto, pasando por los Andes, los llanos, la Gran Sabana, etc. La laguna de Canaima quita las preocupaciones a cualquiera cuando se zambulle en ella, es algo indescriptible la sensación de paz que uno respira a la orilla de la laguna entre esas inmensas cascadas que la alimentan y bajo los inconmensurables tepuys que la custodian. Como dicen en Lara: ¡Naguará! No hay expresión más útil y exacta para expresarlo.

Probablemente lo que más me impactó fue la forma de vida. Completamente diferente a una Europa normalizada y legislada hasta la extenuación. Allí comprendes que no pasa nada por saltarse un semáforo en rojo si no perjudicas a nadie y vas a tener que estar esperando 70 segundos para nada. Comprendes que el tiempo es el que es, que vale la pena aprovecharlo y, especialmente, disfrutarlo. Se piensa en el hoy, y el mañana ya se verá. ¿Para qué ese pensamiento europeo de tengo que cotizar porque me quedo sin pensión? ¿Vas a estar toda la vida esclavo para poder pagarte una residencia? Eso si al final cobramos pensión…

Si te adaptas a la forma de vida de allí se vive con mucha menos preocupación. En Europa quedas con alguien a las 22:00 y si no estás tienes problemas. En Venezuela tienes problemas si estás a las 22:00 porque no va a ver nadie hasta dentro de dos horas. Ya está, se asume y no pasa nada, si luego no te apetece ir no vas y punto. Y tan amigos. Se hace lo que se quiere. Como debería ser. Eso sí, lo anterior no quiere decir que la palabra de un venezolano no valga. En absoluto, hay que comprender en qué situación se está y cuando se queda para salir por ahí pues no es algo de vital importancia que el amigo aparezca porque si quieres salir la oferta no es escasa y si no es con uno será con otro. Cuando la situación lo requiere la presencia de un amigo es segura.

Dejo para el final lo más importante. El carácter de la gente. Jamás había estado en ningún país en el que la gente al percatarse de que era de fuera (aunque me sintiera un guaro más, jejeje) me preguntara “¿Estás a gusto?” y me dijera “bienvenido a mi país”. Era algo que de verdad emociona y que tendría que copiar el mundo entero para los extranjeros. Claro que tiene sus riesgos… Porque imagina que te preguntan esto en Finlandia. Te entras ganas de decir: “Pues mira chico, estoy hasta los huevos de no ver el sol desde hace 3 meses”. Y el pobre finlandés se queda con un palmo de narices. No es plan. Ya no quiero pensar lo que te dirían en España con el otro tópico que más se repetía: “Perdona las cosas malas de mi país”. ¡Eso ya no emociona, dan ganas de cantar! Como si el tendero que me vendía la botella de agua tuviera alguna culpa de las cosas malas. Es como si mañana al primer extranjero que vea le digo: “maño, perdona por el paro, la corrupción, la holgazanería, la tauromaquia, la ignorancia, la televisión…”. No sé el porqué, no sé si es por orgullo o porque no somos tan acogedores (al menos de primeras). Pero esas frases que reconfortan sobre manera cuando estás a 10.000 km de casa no las veo exportables a Europa.

En cualquier caso, gracias por los helados en diciembre y enero, gracias por las playas caribeñas, gracias por las noches en el Cambural, gracias por ese proyecto que me tocó desarrollar, gracias por los viajes larenses, gracias por la hospitalidad, gracias por tener curiaras no fabricadas en el Ikea, gracias por lo barato de la gasolina, gracias por las noches de joda en el apartamento, gracias por los ratos en el Cardenalito, gracias por la mosquitera, gracias por los jugos de guayaba y parchita, gracias por los paseos por la Lara, gracias por el vuelo en avioneta, gracias por hacerte del Zaragoza, gracias por las visitas, gracias por la cinemateca de Barquisimeto, gracias por los rapiditos, gracias por la chicha y el gorro, gracias por las noches de joda y cartas en Valencia, gracias por el aceite de oliva italiano, gracias por las risas, gracias por los pirulines y el mapa de Barquisimeto, gracias por el béisbol, gracias por las noches en el Bunker, gracias por el queso blanco, gracias por la atención y por el suero, gracias por los paseos por el Orinoco, gracias por las conversaciones de Canaima y Buja, gracias Alitalia por la manta, gracias por la amistad, gracias por el alojamiento, gracias por la comida baresí de Carora, gracias por las infructuosas clases de salsa, merengue y similares, gracias por el celular, gracias por Transnitria, gracias por las comidas y cenas en la UCLA, gracias por el cine, gracias por “darme la cola”, gracias por las explicaciones e indicaciones, gracias por esa ascensión fugaz al techo de Mérida, gracias por las hallacas, gracias por el salto en parapente, gracias por estar en el terminal diciendo “Acarigua, Acarigua, Acarigua. Acarigua saliendo, Acarigua, Acarigua, Acarigua…”, gracias por los partidos de fútbol del condominio, gracias por las ostras, gracias por decir también “Maracay, Maracay, Maracay, Maracay directo, Maracay…”, gracias por la despedida en Caracas y el viaje hasta Caracas, gracias por enseñarme el ¡Naguará! y, cónchale, gracias también por el aire acondicionado y ¡por el dengue! Aunque este último espero no repetirlo…

Gracias Venezuela.