Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Saltando por el mundo. 26 diciembre 2012

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Estas fechas parecen dadas a la nostalgia, al menos en mi caso, y especialmente si pienso en mi situación hace justo dos años al otro lado del charco. Me he puesto a ver este vídeo que nunca subí al blog, pero hoy esto va a cambiar porque aquí lo dejo:

¡Disfrutadlo y feliz año!

 

Gracias Venezuela. 27 enero 2011

Ya hace más de una semana que partí de Venezuela. Este fin de semana recordaba caminando por el señorial Paseo de la Independencia de Zaragoza que hacía justo un fin de semana me encontraba en la Plaza Bolívar de Caracas. Estuve en muchas plazas en honor al Libertador de la Gran Colombia. De todas recuerdo algo que me hace sonreír y, aun tan temprano, ya me produce gran nostalgia.

Recuerdo la más grande de cuantas existen en Venezuela, la de Maracay, en donde una familia me tomó media docena de fotos hacia todas direcciones posibles mientras yo estaba, sin saberlo aun, con dengue. Me acuerdo de ese paso fugaz con Paolo por la de Barquisimeto el primer día que llegué a Venezuela tras una minutada buscándola. También de las fotos en la de Valencia con la familia Román, todos nosotros ataviados para subir al cerro Casupo. No me olvido de la única que visité con un familiar: en Ciudad Bolívar. Tampoco me olvido de esa en la que contemplé, con la compañía de un buen helado de “mantecado” y oreo, el discurrir de la vida en una ciudad flanqueada por picos de cinco mil metros. Qué bonita es Mérida. Pero, la que más me impactó fue la de Caracas.

Los gustos siempre dependen de los momentos y las expectativas, entre otros tantos factores. En Caracas surgió así. Simplemente me encantó el lugar, era el momento. La zona donde está la plaza ya me llamó la atención por asemejarse a un casco histórico como los que se encuentran en Europa, con sus calles peatonales y un ir y venir de gente que siempre hace a cualquier lugar muy entretenido e interesante. Vamos, que tenía nostalgia de Europa después de tanto tiempo y ahí me sentí como si estuviera en un lugar sureño del Viejo Continente. La plaza en sí misma deslumbra por su diseño, tanto la parte urbanística como por el estilo de sus zonas verdes que confieren un frescor al caluroso ambiente tropical. El verde invita a la tranquilidad, algo tan ansiado en una gran urbe como Caracas.

Lo que me sucedió con Caracas en particular lo asemejo a lo que sentí con Venezuela en general. Un lugar al que llegas inseguro por todas las historias que te han contado y que probablemente muchas personas dejan de visitar por eso mismo. ¡No saben lo que se pierden! Visité Caracas cuando mi temor por Venezuela había desaparecido, solo quedaba respeto y precaución. Pero Caracas aun seguían siendo palabras mayores. Allí seguí respetándola, pero no temiéndola. ¡Disfrute en ella! Tal y como lo hice en todo el país.

Sin duda el patrimonio natural que presencié en Venezuela deja boquiabierto. Y no solo hay un tipo de hábitat, ¡hay miles! Desde la selva más frondosa, al desierto, pasando por los Andes, los llanos, la Gran Sabana, etc. La laguna de Canaima quita las preocupaciones a cualquiera cuando se zambulle en ella, es algo indescriptible la sensación de paz que uno respira a la orilla de la laguna entre esas inmensas cascadas que la alimentan y bajo los inconmensurables tepuys que la custodian. Como dicen en Lara: ¡Naguará! No hay expresión más útil y exacta para expresarlo.

Probablemente lo que más me impactó fue la forma de vida. Completamente diferente a una Europa normalizada y legislada hasta la extenuación. Allí comprendes que no pasa nada por saltarse un semáforo en rojo si no perjudicas a nadie y vas a tener que estar esperando 70 segundos para nada. Comprendes que el tiempo es el que es, que vale la pena aprovecharlo y, especialmente, disfrutarlo. Se piensa en el hoy, y el mañana ya se verá. ¿Para qué ese pensamiento europeo de tengo que cotizar porque me quedo sin pensión? ¿Vas a estar toda la vida esclavo para poder pagarte una residencia? Eso si al final cobramos pensión…

Si te adaptas a la forma de vida de allí se vive con mucha menos preocupación. En Europa quedas con alguien a las 22:00 y si no estás tienes problemas. En Venezuela tienes problemas si estás a las 22:00 porque no va a ver nadie hasta dentro de dos horas. Ya está, se asume y no pasa nada, si luego no te apetece ir no vas y punto. Y tan amigos. Se hace lo que se quiere. Como debería ser. Eso sí, lo anterior no quiere decir que la palabra de un venezolano no valga. En absoluto, hay que comprender en qué situación se está y cuando se queda para salir por ahí pues no es algo de vital importancia que el amigo aparezca porque si quieres salir la oferta no es escasa y si no es con uno será con otro. Cuando la situación lo requiere la presencia de un amigo es segura.

Dejo para el final lo más importante. El carácter de la gente. Jamás había estado en ningún país en el que la gente al percatarse de que era de fuera (aunque me sintiera un guaro más, jejeje) me preguntara “¿Estás a gusto?” y me dijera “bienvenido a mi país”. Era algo que de verdad emociona y que tendría que copiar el mundo entero para los extranjeros. Claro que tiene sus riesgos… Porque imagina que te preguntan esto en Finlandia. Te entras ganas de decir: “Pues mira chico, estoy hasta los huevos de no ver el sol desde hace 3 meses”. Y el pobre finlandés se queda con un palmo de narices. No es plan. Ya no quiero pensar lo que te dirían en España con el otro tópico que más se repetía: “Perdona las cosas malas de mi país”. ¡Eso ya no emociona, dan ganas de cantar! Como si el tendero que me vendía la botella de agua tuviera alguna culpa de las cosas malas. Es como si mañana al primer extranjero que vea le digo: “maño, perdona por el paro, la corrupción, la holgazanería, la tauromaquia, la ignorancia, la televisión…”. No sé el porqué, no sé si es por orgullo o porque no somos tan acogedores (al menos de primeras). Pero esas frases que reconfortan sobre manera cuando estás a 10.000 km de casa no las veo exportables a Europa.

En cualquier caso, gracias por los helados en diciembre y enero, gracias por las playas caribeñas, gracias por las noches en el Cambural, gracias por ese proyecto que me tocó desarrollar, gracias por los viajes larenses, gracias por la hospitalidad, gracias por tener curiaras no fabricadas en el Ikea, gracias por lo barato de la gasolina, gracias por las noches de joda en el apartamento, gracias por los ratos en el Cardenalito, gracias por la mosquitera, gracias por los jugos de guayaba y parchita, gracias por los paseos por la Lara, gracias por el vuelo en avioneta, gracias por hacerte del Zaragoza, gracias por las visitas, gracias por la cinemateca de Barquisimeto, gracias por los rapiditos, gracias por la chicha y el gorro, gracias por las noches de joda y cartas en Valencia, gracias por el aceite de oliva italiano, gracias por las risas, gracias por los pirulines y el mapa de Barquisimeto, gracias por el béisbol, gracias por las noches en el Bunker, gracias por el queso blanco, gracias por la atención y por el suero, gracias por los paseos por el Orinoco, gracias por las conversaciones de Canaima y Buja, gracias Alitalia por la manta, gracias por la amistad, gracias por el alojamiento, gracias por la comida baresí de Carora, gracias por las infructuosas clases de salsa, merengue y similares, gracias por el celular, gracias por Transnitria, gracias por las comidas y cenas en la UCLA, gracias por el cine, gracias por “darme la cola”, gracias por las explicaciones e indicaciones, gracias por esa ascensión fugaz al techo de Mérida, gracias por las hallacas, gracias por el salto en parapente, gracias por estar en el terminal diciendo “Acarigua, Acarigua, Acarigua. Acarigua saliendo, Acarigua, Acarigua, Acarigua…”, gracias por los partidos de fútbol del condominio, gracias por las ostras, gracias por decir también “Maracay, Maracay, Maracay, Maracay directo, Maracay…”, gracias por la despedida en Caracas y el viaje hasta Caracas, gracias por enseñarme el ¡Naguará! y, cónchale, gracias también por el aire acondicionado y ¡por el dengue! Aunque este último espero no repetirlo…

Gracias Venezuela.

 

Trotando por Rusia y IV (Moscú). 4 noviembre 2009

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En teoría un amigo de mi compañero de piso en Helsinki nos iba a esperar en Moscú a eso de las 09:30 cuando llegaba el tren a la capital rusa. Pues bien, el susodicho ferrocarril llevaba dos horas y pico de retraso y nuestras esperanzas de que alguien nos estuviese esperando después de más de dos horas y sin conocernos absolutamente de nada se nos desvanecían por momentos. Pintaba mal la llegada a Moscú

Salimos del tren con muchas ganas después de doce horas ahí metidos, pero sin mucha esperanza de encontrarnos con nadie. A los veinte pasos cuando llegamos a la altura de la locomotora oí con una voz alegre y totalmente despierta “¡Javier!”, alguien decía mi nombre con un claro acento moscovita (en realidad no diferencio el acento moscovita, solo me sé la teoría, pero vamos que era de Moscú). Este “alguien” al momento en nuestras cabezas se convirtió en Victor y fue nuestro verdadero ángel de la guarda en la capital de Rusia. Después de estar esperando más de dos horas a dos tíos que no conocía de nada tenía una vitalidad y unas ganas de hablar asombrosas. Pero no lo hacía en inglés, no sabía ni papa. Con decir que para decir “ok” pronunciaba “oc”. Así que todo en ruso, eso sí, ponía todo el empeño del mundo con gestos, sonidos y cualquier idea que tuviera; y si no funcionaba lo anterior tenía un comodín que más tarde descubriré…

De la estación nos fuimos al metro, también muy profundo -construido aprovechando antiguos bunkéres-. Llegamos al albergue, dejamos las cosas, nos atendieron muy cordialmente en inglés y nos fuimos prestos al Kremlin (ahí está la campana más grande del mundo y por ahí estaba, antes más, la famosa Hija de Putin). Allí Victor tuvo un descanso porque consiguió una intérprete, su prima que sabía castellano e inglés -¡ojo! que ella no es el comodín-. Nos llevaron a ver unas calles muy majas (especialmente una peatonal muy comercial) y sus estaciones preferidas de metro. Es muy bonito, no cabe duda que no hay punto de comparación con las estaciones de Argüelles o Gràcia, pero me esperaba mucho más del metro moscovita y es lo que suele pasar cuando te esperas mucho, que acabas desencantado; ya me pasó lo mismo en Granada unos años atrás…

Nos despedimos de su prima y nos dirigimos en metro a una colina que hay nada más cruzar el río y el estadio del Locomotiv. Desde ahí se ve toda la “city” de Moscú con sus rascacielos y gran parte del centro de la ciudad. Además, a nuestra espalda en ese mirador está el inmenso edificio de la Universidad (la foto sale un poco mal porque estaba anocheciendo, sorry). Intentábamos quedar con Victor para el día siguiente y al grito de “beautiful russian girl” se dirigió a dos chicas de Israel que estaban en el mirador (estudian en Moscú) y les pidió que nos tradujeran ruso-inglés e inglés-ruso, así quedamos para el día siguientes. Esto sí que era su comodín, lo repetía cuanto lo necesitaba, si no podía explicar algo paraba a alguna chica joven por la calle y le pedía que tradujera (hombre de recursos). Nos volvimos para el albergue los cinco, mezclando unos cuantos idiomas por el camino. Claro que hasta el albergue solo llegamos el brasi y yo, el resto se fue a sus respectivas casas.

En el albergue conocimos gente de lo más variopinta, desde una profesora estadounidense de inglés a un artista iraní que hacía arte con el entorno natural (ver la página web que vale la pena, ya nos lo encontramos dos días antes en San Petersburgo) todo esto pasando por un siberiano y dos hermanos de Egipto que estaban trabajando ahí y vivían en el hostal por largas temporadas. Probablemente sea de las cosas más enriquecedoras de los viajes, el conocer este tipo de gente tan peculiar e interesante.

A la mañana siguiente llegamos con Viktor (estoy pensando que igual es con “k”) al punto de encuentro en el centro y nos fuimos andando hasta la estación de la que salen los trenes para San Petersburgo (hay muchas estaciones de tren en las dos ciudades). Estuvimos andando más de dos horas y pico pero nos permitió hacernos una pequeña idea del Moscú profundo y aprovechar a comprar cosetas para Helsinki. Estoy convencido de que el Duty Free de la frontera no es más barato que el país más pobre con los que comparte frontera, por supuesto que es más barato que Finlandia pero para nada lo es más que Rusia. ¡Hicimos buena compra! Nos tocó despedirnos de Viktor y le agradecimos mil veces todo lo que hizo por nosotros, sé que no fue suficiente porque lo que hizo no tiene precio.

Aunque parezca mentira llegamos a San Petersburgo en hora, y ¡menos mal! porque si no habríamos tenido muchos problemas para coger el bus. Los buses salen enfrente de la estación de tren a las 21:00 de la noche y a las 6 o 7 de la mñanaa, no recuerdo. Pero ahí mismo se encuentran unas furgonetas que son mucho más baratas y se puede regatear el precio. Costaba 1.000rublos y pagamos 750 rublos, no conseguimos mucho ¡eh! Porque 750 rublos es lo que pagan todos, menos los tolis de turistas que de primeras te intentan sablar, y me parece bien que lo intenten. Si alguien tiene interés que pregunte allí proque no sé por qué ni si es pagando más te dejan en la puerta de casa en Helsinki. El viaje fue mejor que el de ida porque estaba atrás del todo de la furgoneta (había para 15 plazas, ¡increíble!) y no veía tan apenas la carretera aunque me imaginaba exactamente a cuantos centímetros pasábamos de cada coche.

Así pues, llegamos a Helsinki seis días después de la salida. Habiendo descubierto algo de un interesante país de contrastes y habiendo conocido gente extraordinaria.

 

Se marchó el Stupid. 3 noviembre 2009

Filed under: General — Aznar @ 0:28
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Ya hace tres días de su partida, y ahora ya quedan atrás los malos momentos de la despedida. Ese instante en el que no sabes muy bien qué decir y en el que una mirada a los ojos con un apretón de manos y su posterior abrazo lo dice todo. Los dos supimos que era suficiente. Salí por la puerta diciendo “boa sorte e muito obrigado” y esperando que nos volviéramos a ver.

Ahí está el problema, ese es el origen de los malos momentos de los días siguientes. Por supuesto (eso espero) no es una despedida para siempre, pero la distancia no es de una hora en AVE y 20€ ni tan siquiera de dos horas en avión y 200€. No, son miles de kilómetros y cientos de Euros, y un océano por el medio. Puede ser que pase mucho tiempo hasta el reencuentro y eso me hizo estar el fin de semana con una sensación muy desagradable, como si tuviera una malla comprimiendo mi estómago o no sé que entraña. Son muchas horas juntos: en el tren, el bus, en coche, en bici, de barbacoa, “echando bailables”, corriendo, jugando al fútbol, saltando en las fotos, en la sauna, andando a toda velocidad por Rusia, Laponia, Helsinki, Porvoo, etc. En definitiva, mucho tiempo juntos. Supongo que por todo ese tiempo al final nos llamábamos “stupid” continuamente, por hacer algo nuevo y ser una palabra muy similar en castellano, inglés y portugués.

Pero bueno, al tiempo es precisamente eso lo que queda, los buenos momentos juntos. Y la maldita malla que estuvo conmigo todo el fin de semana se agranda y se va convirtiendo poco a poco en una completa satisfacción. El saber que hay alguien al otro lado del Atlántico en el que puedes confiar para lo que quieras y con el que has pasado dos meses increíbles es más importante. Supongo que así es la vida, tras el valle llega la cima, pues tras los malos momentos llegan los buenos. Es verdad “que el tiempo lo cura todo”, o casi todo.

Así que “stupid”, si lees esto y consigues entender castellano, lo dicho: mucha suerte por tu viaje por la vieja Europa y muchas gracias por todo, especialmente por tus magníficos cursos adelantados de “Cómo viajar aprovechando al máximo”.

 

Trotando por Rusia II (Sant Petersburg). 23 octubre 2009

La primera mañana visitamos San Petersburgo con nuestro amigo Zenja (luego también vino su novia). Sólo tuvimos un problema. No nos dejaron entrar al Hermitage (perdón por mi ignorancia pero no tenía la idea de la existencia de ese genial múseo) porque llevábamos el brasileño y yo las mochilacas para viajar toda la semana por ahí. Y bueno, pues aun siendo Rusia, nos dijeron que nanay,naranjas de la China.  Volvimos al día siguiente y está muy bien, tienen obras de todo el mundo y es gratis para estudiantes por lo que la visita es obligada.

 Tras intentar entrar en el museo por activa y por pasiva (en mi caso por pasiva, proque no hice nada ya que el ruso hablaba en ruso con las señoras que no tenían ni idea de inglés) nos fuimos a  comer a la Universidad (por unos 2€, ). La verdad, que la comida no era nada del otro mundo y no tengo muy claro que comí pero me abordaron unos chicos que estaban estudiando castellano y estuvieron practicando conmigo buen rato.  Si alguien ve a un ruso con acento aragonés ya sabe por qué. Muy majos, y no porque dos de ellos hubiesen estado en Zaragoza (que simpre se agradece) sino porque un chico nos acompañó durante la tarde (Zenja tuvo que ausentarse) y nos hizo de guía. Según dijo era a lo que se quería dedicar, así que nos contó con pelos y señales la fundación de San Petersburgo a principios del XVIII durante la guerra entre Suecia y Rusia. Así como todo lo concerniente con la Fortaleza de San Peter y San Paul  y la pequeña isla que la alberga. También nos dijo que iban a construir un gran rascacielos de 400 metros y que eso iba a ser una barbaridad porque el terreno de San Petersburgo hubicado sobre pantanos desecados no lo iba a aguantar, además del mal efecto sobre la estética de la ciudad. Creo que se tranquilizó un poco cuando le dijimos que a nosotros nos parecía buena idea para ver la ciudad desde lo alto.

Al día siguiente después de dos horas intentando conseguir los puñeteros billetes para la ciudad de la Plaza Roja nos encaminamos a lo alto de la Catedral de San Isaac desde donde se ve todo el centro de San Petersburgo.  El Sol se estaba poniendo y la estampa era muy bonita con toda la ciudad ajetreada aun a nuestros pies. Esa ciudad al igual que Moscú no descansa nunca, ya me advertía Zenja antes de ir: “puedes ir a comprarte un ordenador a las 3 de la mañana“. Da igual la hora que sea que las calles están atestadas de gente y, sobretodo, de coches. ¡Ah! Por cierto, y de muchos militares, en su mayoría jovencicos (allí la mili es obligatoria). Tras cenar con los amigos en un restaurante de cocina rusa, aunque como dijo uno de ellos eso era como un McRusia. Una cadena que se dedica a la comida rápida con especialidades rusas, he de decir que para lo que es rusia nos sablaron.

Para olvidarnos de eso y tras conocer que todos los que viven por el centro llevan un horario con las horas a las que levantan cada puente (claro, es que si no lo sabes vaya caminata te pegas). Hay muchos canales y por tanto muchos puentes, y entonces al haber muchos barquitos los puentes son levadizos. ¡Igual podían hacer eso en el puente de Piedra! Como al señor Belloch se lo proponga un amiguete entre unas copas de Somontano no tengo duda. Pues eso, para olvidar el sablazo nos dirijos a una zona céntrica de garitos y entramos al Belgrado.  Ahi vi el futbolín más al norte que he visto en toda mi vida y jamás había visto una proporción tía/tío tan elevada.

Por esta vez creo que es suficiente, el próximo día que lo retome hablaré de Peterhof un palacio expléndido a orillas del Báltico con gran cantidad de fuentes. Y sobre Moscú…