Desde los meandros.

De todo un poco pero abreviando (no como los meandros).

Viaje a Marruecos, tercer día, Asilah – Larache. 12 noviembre 2012

2 de abril de 2012

Nos levantamos con la firme intención de acudir a la playa que nos recomendó Abdulah la noche anterior en el hamman. No obstante, el hambre apremia y el desayuno marroquí es un auténtico manjar. Buscamos un lugar para desayunar en una de las calles principales de Asilah en la que se aglomeran varios bares y restaurantes. La decisión no la tomamos nosotros, son las nubes quienes la toman. En cuanto empezó a gotear nos detuvimos en la terraza de uno de estos establecimientos, a cobijo bajo un techo de sombrillas.

Encargamos el desayuno: melawis, pan con mantequilla y mermelada y té. Mientras estamos sentados esperando el desayuno se acerca un hombre, cercano a la treintena, dispuesto a que le compremos uno de los cuadros que vende. No son cuadros al uso, están pintados sobre material reciclado: trozos de sacos de cemento. La mayoría de las pinturas se dibujan con negro sobre el fondo marrón del saco y en todos ellos hay algún color chillón cuidadosamente elegido para una pequeña parte de la obra. Cada cuadro esconde una historia detrás que narra apasionadamente. Nos llaman la atención dos cuadros, especialmente a Víctor y a mí, influidos por la gran historia que hay detrás de ellos. En el fondo son dos cuadros muy similares que estaban bautizados como “Esclavo de amor” y “Esclavo de la música”. Nos convencen.

Al empezar a hablar del precio comienza a caer un auténtico diluvio, se nota que el Atlántico está a escasos metros y que es abril. El Jai pide por cada cuadro unos 100 Dh, evidentemente ni locos. El chico no se llama Jai, pero así se quedó en nuestra memoria porque continuamente decía “jai” a pesar de hablar en castellano. Es como decir maño, pero en el norte de Marruecos, en el resto de Marruecos se emplea “joya”. Empieza la retahíla típica de somos estudiantes, en España hay una gran crisis, etc. Además, como la lluvia arrecia parece que nos une algo más y la conversación se hace interesante. ¡Al fin y al cabo nos llama jai (hermano) continuamente! Conseguimos los dos cuadros por 30 Dh cada uno, unos 3 €. Como sigue diluviando, seguimos hablando y Jai nos confiesa que ha llegado a vender esos cuadros a los estadounidenses por 120 Dh, pero que el mejor negocio está siempre con los japoneses: hasta 150 Dh, minutos antes de que nosotros llegáramos.

La idea de ir a la playa con el cielo nublado y el diluvio que caía no parecía muy halagüeña. Así que decidimos poner rumbo hacia Larache, nuestro siguiente destino. ¿Carretera o autopista? Gana la opción de la carretera, una opción con mucha más personalidad que la autopista, las cuales son muy similares en todo el mundo. La carretera te muestra el Marruecos profundo, ese al que no llegan los aeropuertos, los tours organizados ni los turistas comunes. El paisaje tremendamente verde y de tierra rojiza te invita a inmiscuirte en él. Parece que te llama a gritos. Y lo escuchamos. Detenemos el coche unas decenas de kilómetros al sur de Asilah.

Los tres coincidimos en ir al baño en ese momento, una vez aliviadas las necesidades fisiológicas nos damos cuenta de que nos apetece andar. Meternos dentro de ese paisaje. Comenzamos a mirar por dónde andar porque se ven tres caminos, dos hacia el lado este de la carretera y otro hacia el oeste. Los del lado este de la carretera son descartados enseguida porque al mirar un poco más adelante se ve la autovía y una pequeña escombrera, no parece responder a ese maravilloso paisaje. El camino que se abre hacia el oeste de la carretera se pierde unos metros más adelante. Alcorzamos hasta lo alto de una loma y divisamos un magnífico valle que se abre hacia el oeste en dirección al Atlántico. Al fondo se ve un pequeño pueblo, y a lo largo de una de sus laderas un camino en aparente buen trazado. Acabamos de decidir por donde caminar cuando aparece un pastor casi desdentado con sus ovejas. Compartimos con él alguna de las galletas que nos estábamos comiendo y le ofrecemos agua, tan ricamente se queda la botella, eso sí sonriendo. ¡Sólo le ofrecíamos un trago! También se guardó alguna galleta y le preguntamos, por gestos, si el coche ahí estaba bien. El rabadán dijo que ningún problema, o eso entendimos.

No tengo duda alguna de que el hombre se guardó alguna de las galletas y el agua por verdadera costumbre. La costumbre de luchar contra la pobreza desde antes de tener uso de razón, por precaución y quizás las compartió luego con alguien. El valle se abre ante nosotros como se abrían todos los valles europeos hace décadas, completamente fragmentado y moldeado por la mano del hombre. En este caso las tierras de cultivo se extendían por todas las laderas del valle fluvial y casi no existía un fondo de valle transitable porque terminaba en una empinada V como buen valle de origen fluvial. Conforme avanzábamos por el camino el cielo se encapotaba cada vez más. Pasamos junto a una casa en la margen derecha del camino, no parecía haber nadie, salvo unas gallinas correteando por los alrededores.

Unos ochenta metros ladera abajo vimos a unos agricultores que se afanaban en hacer caballones y mejorar el estado de una conducción de agua, o eso parecía. Por enésima vez en tan solo tres días Julio y yo comprendimos que solemos hablar bastante alto porque desde abajo se oyó:
– ¡Españoles!
– Sí, ¿qué pasa pues?
– ¿Queréis unos porritos?
– No, gracias –entre risas-. Vamos a ir hasta el pueblo.
– ¡Buena hierba!
La distancia no permitía que la conversación fuera mucho más profunda. Pero qué oído tenía el nativo. Había conseguido escuchar que nosotros tres veníamos hablando en castellano y se encontraba lejos.

Fuimos hasta el pueblo que habíamos visto anteriormente. Evidentemente el pueblo no tenía nada asfaltado ni había papeleras, bancos, ni nada. Eran simplemente unas cuantas casas alrededor de una mezquita, en la que por cierto estaban los niños de la zona memorizando el Corán. El ambiente era muy extraño, a pesar de estar a la misma distancia de mi casa que se puede encontrar Bruselas parecía otro mundo. El sonido que salía de la mezquita era un poco inquietante, voces y voces repitiendo continuamente lo mismo. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de basura que se encontraba por doquier. Las calles eran verdaderas escombreras. Una auténtica cerdada. Además, no había nadie por el pueblo. Supusimos que estarían trabajando en el campo o en las casas.

Atravesamos el pueblo y continuamos por el camino hasta una bifurcación. Tomamos el camino que nos llevaba hacia donde pensábamos que estaría el Atlántico. El camino comenzaba a ascender, y se pasaban algunas colinas, pensábamos que tras una de ellas se encontraría el océano. Pero a la quinta colina nuestra esperanza se disipó y desandamos el camino atravesando de nuevo el pueblo con su caótico vocerío y su omnipresente basura.

A la vuelta los agricultores que nos habían ofrecido porros hacía un par de horas habían hecho un descanso para comer. Bajamos a saludarles, el que hablaba castellano se llamaba Bin:
– ¿Cómo es que hablas castellano pues?
– He estado diez años viviendo en España, en un pequeño pueblo de La Mancha. Cuando comenzó la crisis me volví a Marruecos y aquí estamos, plantando pimientos ahora.
– ¿Vives en el pueblo de allí? –pregunté señalando el pueblo que acabábamos de cruzar-.
– No, ese pueblo de ahí es una mierda. Más que por el pueblo por la gente que vive en él. Se llama Lonsa. Pero yo vivo en Larache.
– ¡Nosotros vamos a dormir esta noche en Larache!
– Podemos quedar esta tarde en Larache.
– ¡Perfecto! Dinos lugar y hora porque no conocemos nada.

Acordamos encontrarnos a las ocho de la tarde en el café Lixus de la plaza de la Liberación de Larache. Al parecer no tenía pérdida. De camino a Larache paramos a comer en las ruinas fenicias de Lixus, están a escasos dos kilómetros de Larache. Y desde la carretera que procede de Asilah te encuentras con las ruinas en un promontorio del terreno sobre lo que hoy es el valle del río Loukos, pero que en el pasado era un estuario. La visita se puede hacer únicamente con un guía, según nos contaron –y así decía también nuestra guía de viaje- porque hace tiempo algunos chicos locales habían lanzado piedras a los turistas. En fin, el caso es que ahora te acompañaba un guía sí o sí. En nuestro caso Nadim, que quiere decir amigo y que era el único que sabía castellano, o al menos algo de castellano. Eso sí, la palabra “señor” la tenía superinteriorizada porque no hacía más que soltarla a la menor ocasión. Compartimos con él nuestra comida, unos quesitos, pan marroquí, embutido de vaca, olivas y plátanos. Sin duda, hacía honor a su hombre, era un buen tío, alguien de quien te puedes hacer amigo. Aunque, he de reconocer que las explicaciones sobre los pedruscos que veíamos podían ser bastante mejorables. No obstante, se defendió bastante bien para explicarnos cómo funcionaban las termas, los sacrificios, etc. Y también para diferencias las partes fenicias de las cartagineses y ambas de las mauritanas y romanas.

Ruinas de Lixus con el río Loukos y Larache al fondo.

Unos minutos antes de las ocho estábamos como un clavo en el bar Lixus de Larache. Apareció Bin con exquisita puntualidad británica y vestido al más puro estilo londinense. Muy lejos de las ropas que llevaba por la mañana para su trabajo en el campo y también muy lejos de nuestros desgastados pantalones y camisetas. Se había puesto un fular alrededor del cuello y una chupa de cuero con unos pantalones blancos. No iba como la mayoría de marroquíes, se hacía notar. De hecho pienso que le gustaba hacerse notar y que se notara que había estado un tiempo viviendo en Europa. Nos contó cómo un alto cargo de la Administración marroquí se había quedado con las tierras de su familia en Lonsa. Al parecer el supuesto ladrón con mano en el catastro simplemente había cambiado de nombre esas tierras y untado a los pertinentes para que no dijeran ni mu.

Terminamos nuestros tés y Bin nos llevó al puerto, íbamos a comprar pescado para la cena. Los tres íbamos guiados por Bin como niños capitalinos por un mercado rural. ¡Qué ajetreo! Por todos lados había movimiento, especialmente cuando llegaba un barco aquello se desbocaba. Pero lo que más nos impactó fue la forma de negociar de Bin. Llegamos a un “puesto”: un señor con unas cajas en medio del puerto vendiendo pescado. Tenía unos tres kilos de gambas y unas variedades de peces que no conocía, no están en el Ebro. Empezaron a negociar y enseguida se vio que Bin era un nativo y que además también era marino cuando no agricultor. La negociación fue en marroquí y obviamente no entendí nada. Pero vi como Bin probaba las gambas para ver su estado, cómo señalaba el pescado y hacía infinidad de preguntas rápidas, una tras otra. Al final, después de que Bin probó una gamba se decidió a pagar 100 Dh por todo eso. ¡10 euros por casi 3kg de gambas y pescado!

Evidentemente, salimos alucinados de allí, tal era nuestra admiración que el propio Bin nos ofreció que lo acompañáramos con su barco un día. El problema es que no zarpaba hasta dentro de tres días. Nos dijo que la gamba la probó para ver si le habían echado unos polvos que se echan para que adquieran la forma que suele gustar en el mercado y que no es nada saludable, al parecer esas no llevaban. Salimos del puerto y fuimos a un restaurante a que nos pelaran el pescado y nos cocinaran las gambas y el pescado.

Comimos como auténticas fieras y fue imposible comernos todo. Lo que sobró se lo llevó Bin para su familia. Tuvieron sin duda para comer y cenar al día siguiente. Mientras comimos Bin nos dijo que cuando se come pescado se necesita beber mucha agua para facilitar la digestión. No sé si es cierto o es que nos sugestionamos, el caso es que el cuerpo pedía mucha agua para pasar todo ese producto marino y con una lógica aplastante Bin dijo que el pescado se suele tomar por todos los bichos (salvo el hombre) en el agua y que por eso requiere mucha agua. En fin, con la barriga llena nos fuimos a la camica, no sin antes haber cuadrado en vernos con Bin a la mañana siguiente…

 

One Response to “Viaje a Marruecos, tercer día, Asilah – Larache.”

  1. Aznar Says:

    Moraleja: para escribir sobre el pasado, hacerlo todo el rato en pasado.🙂


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